jueves, 28 de junio de 2012

LOS MISTERIOS ELEUSINOS

Frecuentemente nos encontramos con esta expresión, los misterios eleusinos, en la lectura de los clásicos y las notas de pie de página nos aclaran parcialmente el significado de estos misterios citados. Para ello tendremos que desentrañar el mito de la diosa Deméter y el de su hija Perséfone. Según Hesiodo (Teog. 453-458), Deméter es hija de Crono y Rea, por tanto pertenece a la segunda generación de los dioses que derrocaron a su padre Crono y entronizaron a Zeus como dios supremo de mortales e inmortales.
 La diosa Deméter mantuvo relaciones con su hermano Zeus, cuyo fruto fue Perséfone (Hesiodo, Teog. 912-914). También tuvo relaciones con Posidón, que se unió a ella con apariencia de caballo y tuvo a Arión. Se unió Deméter con Jasón y tuvo a Pluto (riqueza).
 Pero a nosotros lo que nos interesa es el mito central protagonizado por Deméter, que es el rapto de Perséfone por Hades (Himno a Deméter v. 19-350). Hades, hermano de Deméter, raptó a Perséfone para casarse con ella. Entonces Deméter durante nueve días se esforzó en vano por encontrarla y cuando Deméter es informada por Helios, que Hades ha raptado a su hija, abandonó el Olimpo y se trasladó junto a los hombres y adoptando una figura de anciana se refugió en las ciudades de los mortales, por las que anduvo errante durante algún tiempo.
En uno de los viajes llegó a Eleusis y allí fue encontrada por las hijas del rey Keleos y la interrogaron sobre quién era y dijo que había sido robada por unos piratas y que buscaba asilo y trabajo como nodriza o sirvienta. En este tiempo Metaneira acababa de dar a luz a Demofón y la puso a su servicio como nodriza. Deméter encargada de la crianza de Demofón lo ungía con ambrosía y por las noches lo pasaba por el fuego con el fin de hacerlo inmortal; pero Metaneira descubrió a la diosa colocando al niño en las brasas y dio un grito de espanto.
 La diosa, entonces, se dio a conocer y ordenó que en Eleusis se le consagrara un templo en su honor, en donde los iniciados en sus misterios cantaran su gloria y abandonó el palacio. Aquí tenemos, pues, la etiología o justificación mítica de los Misterios de Eleusis.
 Pero Deméter, por no haber hallado consuelo a causa de la desaparición de su hija, cesó en sus funciones como diosa de la agricultura, de la fertilidad y la tierra se agostó y no creció en ella simiente alguna. Entonces Zeus intervino a favor de los humanos y envió a Iris para que intercediera ante Deméter sin obtener resultado alguno. Después todos los dioses le ruegan que deponga su actitud y ella respondió que no permitiría que la tierra diera más frutos hasta que no recuperara a su querida hija Perséfone.
Zeus, entonces, envía a Hermes a los infiernos a rescatar a Perséfone y Hades se doblegó a la voluntad de Zeus; pero antes de devolver a su mujer a la tierra le hizo comer algunos granos de la granada, fruto que provocaba la unión indisoluble de los esposos. Cuando Perséfone se reunió con su madre, ésta le preguntó. “si no había probado algo en los infiernos” (romper el ayuno) y Perséfone le contestó que había probado el fruto fatal de la granada.
Para solucionar las cosas se llegó a un pacto: Perséfone pasaría cuatro meses en el infierno y el resto con su madre en el Olimpo. Aceptado el pacto la tierra volvió a dar sus frutos y a cubrirse de plantas y flores. Este pacto mítico fue interpretado en clave alegórica ya desde la Antigüedad, de tal forma que el tiempo que Perséfone pasa junto a Hades equivale al invierno, tiempo de muerte de la naturaleza, mientras que su regreso al mundo de los vivos, coincide con la llegada de la primavera, como se indica en el Himno a Deméter 401-403.
Los Misterios Eleusinos, a pesar de la importancia que tuvieron las Tesmofóricas en Grecia en honor a Deméter, el ritual más destacado de Deméter fueron los Misterios, que se celebraron durante más de diez siglos en Eleusis, ciudad próxima a Atenas. El Himno a Deméter en su parte central incluye un relato sobre la institución de estos misterios.
Los cultos mistéricos de los griegos daban respuesta a las incógnitas sobre el Más Allá para las que la religión no ofrecía soluciones. El Misterio prometía una existencia más favorable en la vida de ultratumba. Estos ritos mistéricos poseían carácter secreto; aunque no se trataba de reuniones clandestinas. El aspecto secreto de los Misterios consistía en que las verdades reveladas no se podían divulgar. No obstante estos cultos mistéricos estaban abiertos a todos: ciudadanos, mujeres, esclavos y extranjeros.
 La fuente más antigua sobre estas celebraciones es el Himno a Deméter, que nos deja en la duda sobre bastantes cuestiones; ya que el pacto de silencio de los iniciados fue respetado de manera constante y ello dificulta saber lo que ocurría realmente en el santuario de Eleusis. Gracias a la arqueología, a las alusiones de algunos escritos y al testimonio de algunos autores cristianos, podemos hacernos una idea somera.
 El misterio, estos eran los personajes que intervenían en el ritual: el hierofante (el que muestra lo sagrado), el portador de la antorcha, el heraldo sagrado y una sacerdotisa de Deméter. El hierofante era el encargado de seleccionar en Atenas a los candidatos que podían participar en la iniciación. Los Misterios se desarrollaban en el mes de Boedromeón (finales de septiembre y principios de octubre). Comenzaban con la procesión que recorría los 30 km. de distancia entre Atenas y Eleusis. Antes se habían trasladado de Eleusis a Atenas los objetos sagrados que debían participar en la procesión. Al día siguiente los fieles, juzgados dignos de participar, eran convocados en Atenas por el hierofante y acto seguido se bañaban en el mar para purificarse. Por último tenía lugar la procesión de retorno a Eleusis con el fin de guardar, de nuevo, en el templo los objetos sagrados. A la cabeza del séquito iba una estatua de Dioniso, asociado desde tiempos remotos al culto a Deméter.
En Eleusis se celebraban los misterios propiamente dichos, en los que sólo participaban los iniciados y se le prohibía la divulgación de tales ceremonias, amenazándoles, incluso, con la muerte. La ceremonia de iniciación se realizaba por la noche junto al templo, se coronaban de mirto, se lavaban las manos y escuchaban atentos los preceptos de Deméter; después tomaban un refrigerio y penetraban en el santuario, donde reinaba la más completa oscuridad. Allí asistían a un drama litúrgico, cuyo argumento se basaba en el rapto de Perséfone por Hades.
 De pronto la tiniebla era vencida por una vivísima claridad y aparecía la estatua de Deméter ataviada con las mejores galas. Se simulaba la entrada de espantosos espectros y monstruosas figuras, hasta que se restablecía la calma y se abrían las dos enormes puertas de recinto y a la luz de las antorchas se contemplaba un hermoso jardín, que sería el escenario ideal para las danzas, las fiestas y el placer. Era entonces cuando en este campo, que simbolizaba los Campos Elíseos, tenía lugar la verdadera revelación de los secretos de los misterios de Eleusis, cuya divulgación era castigada con la pena capital.
 Estos misterios eran una forma de ascetismo en la que los fieles, recordando la esterilidad (muerte) provocada por la estancia de Perséfone en los infiernos, esperaban la resurrección o vida en el Más Allá, simbolizada por la germinación de los frutos o la vuelta de Perséfone con su madre.

BIBLIOGRAFÍA:
Himnos Homéricos.,Edición de José B. Torres, Editorial Cátedra (Letras Universales). Madrid, 2005.
Cardona Francesc L., Mitología Griega. (Colección Olimpo), Edicomunicación S. A.Barcelona, 1996 Ovidio,Las Metamorfosis I, Edición De A. Ruiz de Elvira, CSIC, Madrid, 1992 Madrid, 24 de febrero de 2011

jueves, 21 de junio de 2012

ESTRUCTURA Y SIGNIFICADO DE LA VOLUNTAD de Azorín




Génesis de la novela: La voluntad fue la primera y más significativa novela de José Martínez Ruiz, publicada en la primavera de 1902 por la editorial Henrich y Cía de Barcelona, dentro de la colección: “Biblioteca de Novelistas del siglo XX”, dirigida por Santiago Valentí Camp. El editor Manuel Henrich y Girona, determinó que las novelas de esta colección tuvieran un número no inferior a 300 páginas. José Martínez Ruiz cumplió con lo estipulado por el editor, ya que la edición príncipe de La voluntad tenía 302 páginas; ya hemos visto los problemas que tuvo Unamuno con Amor y pedagogía y Pío Baroja también tuvo problemas con El mayorazgo de Labraz.

Una peculiaridad de Azorín (Miguel Ángel Lozano Marco, 2011: xxxii-xxxiii) en la composición de sus novelas es el acarreo de diversos textos que habían sido publicados en la prensa periódica y que de una manera pertinente y oportuna se integren en la novela y por tanto adquieran carácter novelesco. Vamos a ir citando todos los artículos que aparecen en La voluntad, según el orden cronológico de su publicación; así tenemos que casi todo el texto del capítulo VI de la segunda parte, la visita al Anciano, se había publicado en la Revista Nueva (24.XII.1899) con el título: >>En casa de Pi y Margall<<. Las ideas pesimistas que expresa Yuste en el capítulo VIII de la primera parte, vienen a ser una versión adaptada del artículo >>Los juguetes<<, Madrid Cómico (5.V.1900). El discurso que Antonio Azorín lee ante la tumba de Larra en el cementerio de San Nicolás, en el capítulo IX de la segunda parte, es el que José Martínez Ruiz leyó en el homenaje al escritor el día 13 de febrero de 1901. También las meditaciones de Antonio Azorín en el capítulo IV de la segunda parte (el monólogo interior en el café Revuelta, en Toledo, que aparece entrecomillado) fueron publicadas en Mercurio (3.III.1901), con el título de >>La tristeza española<<. El episodio del toxpiro de Quijano (capítulo XIII de la primera parte) responde a un suceso real, del que se ocupa J. Martínez Ruiz en su artículo >>El inventor Daza<< en la Correspondencia de España (5.VIII.1901), de cual extrae un párrafo que aparece entrecomillado. En el capítulo VI de la primera parte, Yuste lee en un periódico un artículo titulado>>La protesta<< y en la realidad es >>El escándalo general<<, que J. Martínez Ruiz publicó en El Correo Español (7.II.1902). Se trata de un artículo con un fuerte contenido irónico, donde los tres amigos protagonistas, Pedro, Juan y Pablo, representan a Martínez Ruiz, Baroja y Maeztu, que entonces formaban el grupo de “Los tres” para criticar las injusticias de la política y de la sociedad. Esta asociación de “Los tres” se disolvería poco después.

Siguiendo con este acarreo de materiales en el Prólogo, a modo de ensayo histórico Martínez Ruiz toma una cita de un “Diario” inédito sobre las obras de la Iglesia Nueva, y dice: “marcha la obra con tanta lentitud, que da indignación ir por ella”. Más adelante viene otra cita, en la que el Ayuntamiento reclama fondos al Gobierno para concluir el templo; y según dice la nota nº 1 de la edición de Castalia, todos los datos de este prólogo de la construcción de la Iglesia Nueva provienen de un
estado de cuentas de la época (1859), conservado en la Casa-Museo de Azorín en Monóvar 1.

Por último también conviene señalar que los dos primeros capítulos de La voluntad fueron publicados en febrero de 1902 en la revista La España Moderna (nº 158), con los títulos: >>Impresiones españolas. Una ciudad<< e >>Impresiones españolas. Un clérigo<<. Pero en este caso se utilizan un par de capítulos, una vez escrita la novela, como anticipo, para despertar el interés del lector, a modo de estampas o bocetos.

Por otra parte La voluntad fue escrita, en parte, en un cuarto donde apenas podía revolverse, de casa vieja, situada en la calle Relatores de Madrid; fue además, “otro improperado, menospreciado, a su aparición, libro escrito concienzudamente, con muchedumbre de noticias auténticas, y que también con el tiempo-lo dicen los lectores- ha ido ganando”2, dice Azorín en su libro de memorias Madrid.

José Martínez Ruiz tomó apuntes durante meses en la biblioteca del Instituto de San Isidro de Madrid, el antiguo Colegio Imperial de los jesuitas para La voluntad: Apuntes sobre la vida monástica, que Martínez Ruiz plasma en los capítulos XXI y XXIII, de la primera parte, sobre la profesión de Justina y la vida de las monjas. Esto está documentado en su libro Madrid, capit. XLIII, esto dice: “Dediqué yo en la biblioteca de San Isidro atención preferente a la vida de las religiosas”3.


Argumento de La Voluntad: Tres partes, más un prólogo y un epílogo componen La Voluntad. En el prólogo se dan informaciones sobre la construcción de la Iglesia Nueva en Yecla y también de algunas actitudes de los yeclanos frente a sus antepasados los iberos.

En la primera parte vemos a Antonio Azorín escuchando las ideas y doctrinas de su maestro Yuste, con quien pasea por el campo. La vida de Yecla y el paisaje están en el ambiente. También se relaciona con sus conciudadanos, habla con un inventor de un torpedo eléctrico y con otro que inventa un aparato para lanzar 40 kilos de dinamita a 5 km.. Destaca entre sus amistades la del padre Lasalde, director del colegio de los Escolapios y arqueólogo. Sus conversaciones tratan sobre temas filosóficos y teológicos; pero también estéticos y literarios. Azorín mantiene un pensamiento anarquista, dice el maestro Yuste: “-Azorín, la propiedad es el mal… Y de la fuerza brota la propiedad y de la propiedad el Estado, el ejército, el matrimonio, la moral. Azorín replica:- Un medio de bienestar para todos supone, y esa igualdad..”(pp. 80-81).

Azorín siente cierto amor por Justina, mujer elegante e inteligente que lucha entre su amor por Azorín y el deseo de entregarse a Dios. Justina, aconsejada por el padre Puche, elige el convento. Surge Iluninada (nótese el simbolismo de su nombre) en su vida, mujer activa y voluntariosa, pero altanera, burda y trivial. Tras la muerte de Yuste y de Justina, Azorín se traslada a Madrid.

En la segunda parte Azorín se instala en la capital y desarrolla su actividad periodística, pero ya va marcado por el pesimismo: “Azorín (…), no cree en nada, ni estima acaso más que a tres o cuatro personas entre las innumerables que ha tratado” (p.195). Se mueve por ambientes literarios y populares. Visita al padre Lasalde en Getafe, donde ha sido trasladado. Hace un viaje a Toledo con Enrique Olaiz (trasunto de Baroja). Visita a Pi y Margall, ídolo político de Azorín, y también visita la tumba de Larra. Es expulsado de un periódico por defender el amor libre y ninguneado por un compañero periodista, que no le cita como asistente a la presentación de una novela de Baroja. Abandona Madrid y vuelve cansado a su tierra.

En la tercera parte, de nuevo en el pueblo en una narración en primera persona recoge siete fragmentos de un yo reflexivo y decepcionado: “(…) soy un pobre hombre, soy el último de los pobres hombres de Yecla” (p.271). Azorín está casado con Iluminada y vive sin entusiasmo.

Y en el epílogo es el propio autor-personaje (J. Martínez Ruiz), quien cuenta en tres cartas a Baroja, cómo ha encontrado a Antonio Azorín: casado, vive con su suegra, tiene dos hijos y no dispone de libertad. Apenas lee los periódicos, ni escribe. Habla también de la envidia y rencores que hay en el pueblo (usureros, embargos, abandono de la agricultura). La novela no concluye, sino que se detiene, se dejan de añadir páginas.


La estructura de La Voluntad está formada por el prólogo, las tres partes y el epílogo. El prólogo forma parte de la novela, nos habla de la construcción de una catedral en Yecla y ésta será el símbolo que dominará toda la novela. Las tres partes de la novela están divididas en capítulos, sin títulos y con numeración romana y desigual extensión, aunque muchos de ellos se aproximan a un artículo de periódico. Algunos capítulos de la primera parte están divididos en secuencias separadas por asteriscos (colocados al tresbolillo); así tenemos el capítulo I, que está dividido en dos secuencias narrativas; el capítulo VI narra las idas y venidas de los “ingenuos regeneradores”: Pedro, Juan y Pablo; en el capit XVIII hablan el sacerdote, Orduño y Val, el inventor del torpedo y por último en el capit XXVIII se señalan las diferentes horas del día que preceden a la muerte de Justina.

También podemos destacar que los capítulos XVI y XXII tienen estructura de diálogos dramáticos entre Lasalde, Yuste y Azorín, con alguna acotación: “Sonriendo. Tras larga pausa. Con afabilidad” (p.170)

La novela se divide en tres partes bien diferenciadas entre sí, y un epílogo. La primera parte es mucho más extensa que las restantes. Tanto ésta como la segunda parte están narradas en 3ª persona y en la tercera parte cambia el punto de vista; ya que está narrada en 1ª persona, es el propio protagonista quien nos habla. El epílogo lo forman tres cartas que el autor-personaje, J. Martínez Ruiz dirige a su amigo Baroja-personaje y ambos amigos del protagonista.

La estructura es fragmentaria y discontinua. En cada parte encontramos una serie de cuadros sueltos, unidos por el protagonista, Antonio Azorín y el escenario. La primera parte se desarrolla en Yecla, donde Azorín pasa sus años juveniles adoctrinado por el maestro Yuste. Su actitud es meramente receptiva; se limita a escuchar con avidez las palabras del maestro. Apenas hay trama. La trama más consistente de la novela la constituyen los frustrados amores del protagonista y Justina, que bajo la dirección espiritual de su tío Puche, anciano sacerdote, entra en un convento. Muy bella es la escena en la que los dos hablan por última vez: “El diálogo entre Azorín y Justina (…) ha cesado. Y llega lo irreparable, la ruptura dulce, suave, pero absoluta, definitiva” (p. 138). En medio de estos amores frustrados destaca la figura de Iluminada (nótese el nombre), que media entre la pareja. Azorín admira en ella lo que a él le falta: la voluntad y resolución. Termina esta primera parte con la muerte de los dos únicos seres queridos por el protagonista: Yuste y Justina, su antigua novia.

La segunda parte se inicia con la marcha a Madrid. Antonio Azorín pasa a ocupar un lugar más destacado. La realidad se nos ofrece a través de los ojos del protagonista, que se expresa en largos monólogos en un estilo directo, que alternan con la voz del narrador. Destacan algunas estampas como el homenaje a Olaiz, joven nietzscheano y admirador del Greco, que es trasunto de Baroja; la visita de Azorín al admirado anciano Pi y Margall y el emocionado homenaje de los jóvenes escritores ante la tumba de Larra.

La tercera parte es mucho más deslavazada y tiene una entradilla (Tercera Parte), donde dice: “Esta parte del libro la constituyen fragmentos sueltos escritos a ratos por Azorín” (p.257), durante su viaje por el campo murciano, está escrita en 1ª persona a modo de diario. Los siete capítulos de esta tercera parte se desarrollan en tres enclaves espaciales, que son Blanca (cap. I y II), convento de Santa Ana en Jumilla (cap. III, IV y V) y las tierras yeclanas del Pulpillo (cap. VI y VII). La voz de Antonio Azorín nos llega de manera directa y reflexiona sobre su mermada voluntad, contempla la vida como absurda y examina el estado de los pueblos con tintes noventayochistas, sobre todo la ruina de los campos españoles por crisis vitivinícola y la usura. El encuentro con Iluminada y la misa a su lado marca ya la aceptación de un destino y de una voluntad muy debilitada: “Iluminada guarda en el bolsillo de mi americana su libro de oraciones, con la mayor naturalidad, sin decirme nada” (p.283). Yecla y la religión le vencieron.

Y el epílogo de La Voluntad se desarrolla de nuevo en Yecla, en un enclave temporal deducible (unos días de 1902) y con un nuevo molde narrativo (el epistolar) y un nuevo punto de vista el del autor-personaje J. Martínez Ruiz, alter ego del protagonista. Este epílogo está formado por tres cartas, que proporcionan nuevos datos al lector, que tienden a ir marcando el desenlace. En ellas se nos informa del matrimonio de Antonio con Iluminada, que trae consigo su completa anulación y el alejamiento de la vida intelectual. La falta de voluntad de Antonio, no es sólo consecuencia de las enseñanzas del maestro Yuste, sino también de la peculiar idiosincrasia de Yecla, dice: “En otro medio, en Oxford, en New York, en Barcelona siquiera, Azorín hubiera sido un hermoso ejemplar humano, en que la inteligencia estaría en perfecto acuerdo con la voluntad, en cambio la falta de voluntad ha acabado por arruinar la inteligencia” (p.297). También se cita en la carta III la Iglesia Nueva, sin terminar, que queda como testigo de la falta de voluntad de un pueblo y de su incapacidad para el esfuerzo continuado.

Las tres cartas, fechadas en “Yecla, a tantos”, están firmadas por J. Martínez Ruiz y dirigidas a Pío Baroja. Ambos remitente y destinatario son amigos del protagonista por lo tanto personajes, pero a la vez por tratarse de personas reales, los límites entre la realidad y la ficción se difuminan. El final del epílogo no señala el cierre de la trayectoria vital del protagonista. La última carta deja la novela abierta. J. Martínez Ruiz apunta la posibilidad de una 2ª novela: “La segunda vida de Antonio Azorín”, porque no cree que Azorín se resigne a vivir así: Él es un ser complejo; (…) Azorín es lo que podíamos llamar un rebelde de sí mismo (…). Esta segunda vida será como la primera: toda esfuerzos sueltos, audacias frustradas, paradojas, gestos, gritos…”(p. 300-301).


En cuanto al espacio está bien delimitado, no así el tiempo. El escenario más sostenido es Yecla en el prólogo, la primera parte y el epílogo. La segunda parte transcurre en Madrid con algunas salidas a Getafe a ver al padre Lasalde, a Toledo y en su viaje de regreso a Yecla recala en algunos pueblos murcianos de Jumilla.

Sin duda Yecla –la ciudad y el campo- es el escenario de mayor protagonismo; se trata de una tierra dotada de tanta fuerza que paraliza voluntades, determinando que quede sin acabar la Iglesia Nueva y pasa a ser el pueblo símbolo de España.

Las acotaciones temporales son imprecisas. La acción de la novela es más o menos contemporánea con su publicación (1902). Estas referencias temporales nos vienen dadas por la ficcionalidad (novelización) de hechos documentados en los que intervino el joven J. Martínez Ruiz: el viaje a Toledo (diciembre de 1900), visita a la tumba de Larra (febrero de 1901) y el homenaje a Baroja (marzo de 1902); pero en la narración tales hechos carecen de determinantes temporales precisos y además se rompe el orden cronológico de la ficción con la realidad. No se ha buscado la correspondencia entre el tiempo real y el novelado.


Personajes: Del protagonista, Antonio Azorín, nos llegan momentos discontinuos de su vida. Así conocemos a Antonio Azorín en su etapa juvenil, formativa y lo dejamos al cabo de los años en la edad adulta sumisa, casado con Iluminada. Y lo que se nos cuenta son los diversos estados de ánimo de este intelectual sensible y aislado, que se identifica con los hombres de su tiempo. Además en la construcción del personaje se han utilizado rasgos calificados de autobiográficos por parte de J. Martínez Ruiz.

El maestro Yuste moldeará con sus pláticas el espíritu inquieto del joven Antonio. Sus enseñanzas llevan la impronta de numerosas lecturas de Nietzche, Kant, Montaigne y sobre todo de Schopenhauer; en el capítulo III de la primera parte al describir el despacho de Yuste se destacan los tres volúmenes de El mundo como voluntad y representación y cómo las palabras de Yuste transmiten el pesimismo de su lectura.

Contrasta con este filósofo pesimista el padre Lasalde, hombre recto, de recia personalidad, que representa un catolicismo consolador. En él aparecen la nota mística y la filosofía voluntarista.

Las dos figuras femeninas son antitéticas. Frente al misticismo y el espíritu de renuncia de Justina, auspiciada por el padre Puche, el carácter imperioso y autoritario de Iluminada.

También cabe reseñar la presencia de dos personajes secundarios: Quijano y Val, que protagonizan los inventos presuntamente espectaculares que han de secarnos de nuestro atraso histórico. Actúan como símbolo de la mentalidad yeclana-y por consiguiente española- que huye del esfuerzo continuado y se aferra a las ilusiones (al golpe de suerte).


El paisaje:
Dice Yuste: -“Lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje… Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje” (p. 130), esta afirmación del maestro Yuste tiene su interés, ya que en esta ocasión es portavoz de Martínez Ruiz, y además la crítica siempre ha considerado a Azorín como uno de lo mejores cultivadores del paisaje. Carlos Blanco Aguinaga dice:”Es Azorín el mejor y más constante paisajista de la generación”4.

J. Martínez Ruiz como buen impresionista emplea la mancha y la pincelada aislada según la hora del día, con lo que tenemos la luz, que debilita los colores:

“En la lejanía el cielo cobra tonos de verde pálidos. El mediodía llega. La mancha gris de olivos es esclarece; el verde oscuro de los sembrados se torna verde claro” (p.192). Los días grises ofrecen mayor riqueza cromática: “En los días grises, la tierra toma tintes cárdenos, ocres, azulados, rojizos, cenicientos, lívidos” (p.192).

No sólo las sensaciones cromáticas, también las sonoras cobran importancia, así el ruido del amanecer yeclano, que se inicia con el toque de las campanas de las distintas iglesias, como si entraran en diálogo, es una clara expresión de la religiosidad que domina al pueblo. El ruido de las calles y suburbios de Madrid, producido por el tránsito urbano, envuelto en su rutinaria inconsciencia será denigrado. En cambio en el paisaje campestre será el silencio la nota primordial, sólo alterada por los sonidos naturales del viento, del agua, del ladrido de un perro, el trino de un pájaro o una canción lejana: “De cuando en cuando un pájaro trina aleteando voluptuoso en la atmósfera sosegada; cerca una abeja revolotea a un romero, zumbando leve” (p.192). Es un paisaje sentido y que nos hace sentir, muy diferente del frío paisajismo de la generación precedente.

En el capítulo XIV (1ª parte) el maestro Yuste hace una reflexión metaliteraria acerca de la función del paisaje en la literatura moderna. El maestro hace dos comentarios a propósito de las estrategias descriptivas: el primer fragmento analizado pertenece a la novela de Vicente Blasco Ibáñez, Entre naranjos (1900), dice Yuste: “Ante todo la comparación es el más grave de ellos. Comparar es evadir la dificultad (…) (p.130). Y en la descripción de Blasco Ibáñez señala en cursiva el exceso de comparaciones; y sigue reflexionando Yuste:

“(…) a pesar del esfuerzo por expresar el color, no hay nada plástico, tangible…además de que un paisaje es movimiento y ruido, tanto como color, y en esta página el autor sólo se ha preocupado de la pintura… No hay nada plástico en esa página, ninguno de esos destalles sugestivos, suscitadores de todo un estado de conciencia…” (p.131).

Sin embargo esa capacidad para interpretar la emoción del paisaje, la encuentra en un “novelista joven, acaso… y sin acaso, entre toda la gente joven el de más originalidad y el de más honda emoción estética…”; y Yuste lee un fragmento de La casa de Aizgorri (1900) de Pío Baroja, aunque también destaca en cursiva dos prescindibles comparaciones.

Sigue el diálogo metaliterario, y Azorín dice: “(…) en la novela contemporánea hay algo más falso que las descripciones, y son los diálogos. El diálogo es artificiosos, convencional, literario, excesivamente literario” (p.133). Contesta Yuste:

“-Lee La Gitanilla de Cervantes. La Gitanilla es una gitana de unos quince años, que supongo no ha estado en ninguna Universidad (…) Pues bien, observa cómo contesta a su amante cuando éste se declara. Le contesta en un discurso enorme, pulido, filosófico. Y este defecto, esta elocuencia y corrección de los diálogos, insoportables, va desde Cervantes a Galdós…Y en la vida no se habla así; se habla con incoherencias, con pausas, con párrafos breves, incorrectos, naturales. Dista mucho, dista mucho de haber llegado a su perfección la novela” (p.133)

Significación:
Cuatro son “las novelas de 1902” que tienen un carácter renovador: La voluntad, Amor y pedagogía, Camino de perfección de Pío Baroja y Sonata de Otoño de Valle-Inclán. Estas novelas valiéndose de distintos y personales procedimientos narrativos rompen con los moldes del realismo decimonónico. Además estos autores ofrecen aportaciones teóricas sobre el nuevo tipo de novela, así Martínez Ruiz en La Voluntad en el cap. XIV reflexiona sobre la novela: “Ante todo, no debe haber fábula…la vida no tiene fábula: es diversa, multiforme, ondulante, contradictoria”(…) (p.133), afirma Yuste. Igualmente Unamuno en el capítulo XVII de “Niebla” (dialogan Augusto Pérez y Goti, sobre la novela que Goti escribe). “-Pero, ¿te has metido a escribir una novela? -¿Y qué quieres que hiciese? – Y cuál es el argumento, si se puede saber?
-Mi novela no tiene argumento, o, mejor dicho será el que vaya saliendo. El argumento se hace
solo.”5

La Voluntad, pues, constituye un signo de modernidad literaria en las letras españolas del principios del siglo XX. El joven Martínez Ruiz asimila la prosa impresionista europea de los Goncourt, Anatole France y escribe una novela con una forma cambiante y liberada de la esclavitud de la fábula. Su escritura es síntoma de la disolución de los géneros literarios, donde lo subjetivo y lo autobiográfico cobran fuerza. La Voluntad renueva la novela tradicional y servirá de modelo a la novela lírica y a la novela de vanguardia de Gabriel Miró, Gómez de la Serna y Benjamín Jarnés.

Los temas que se tratan en La voluntad son los siguientes: la presencia de la religión y lo eclesiástico desde el prólogo (construcción de la Iglesia Nueva); las enseñanzas del párroco Puche y del Padre Lasalde y la profesión religiosa de Justina.

Otro tema recurrente es la presencia del dolor como mal ineludible que testimonia el P. Lasalde: “Todo es ensueño…vanidad…El hombre se esfuerza vanamente por hacer un paraíso en la tierra…¡Y la tierra es un breve tránsito!...Siempre habrá dolor entre nosotros!” (p.148); y en otro diálogo con Yuste dice Lasalde: “El dolor será siempre inseparable del hombre…Pero el creyente sabrá soportarlo en todos los instantes…Lo que los estoicos llamaban ataraxia, nosotros lo llamamos resignación…” (p.170). También el pesimismo del maestro Yuste contribuye a resaltar la presencia del dolor, así en el capítulo III (1ª parte) dice el narrador: “el maestro extiende ante los ojos del discípulo hórrido cuadro de todas las miserias, de todas las insanias, de todas las cobardías de la humanidad claudicante” (p.72).

La muerte de Justina y de Yuste, el ataúd blanco en Toledo y el paso de los coches fúnebres camino del Cementerio del Este en Madrid, sirven para subrayar la transitoriedad de la vida y la existencia del dolor.

Asimismo dentro de las enseñanzas del maestro Yuste está la crítica de la corrupción administrativa, la inmoralidad de los políticos, la incultura del clero, la estulticia de la burguesía, el abandono del campo y como consecuencia la ruina. Nadie se salva, excepto el pueblo sencillo y humilde aferrado a la tradición. Pueblo que ve Yuste representado en los labradores yeclanos; y más tarde lo verá Antonio Azorín en el labriego de Sonseca (capit. IV, 2ª parte): “¡Era un místico castellano!” (p.206); igualmente Fernando Ossorio había encontrado ese espíritu místico en el ganadero Nicolás Polentinos: “La palabra del ganadero le recordaba el espíritu ascético de los místicos y artistas castellanos”6.

Antonio Azorín, una vez terminado su aprendizaje, podrá comprobar la veracidad de las enseñanzas del maestro. Madrid será el lugar idóneo para darse cuenta de lo que es la política, el periodismo y la literatura. Toledo le ofrece un buen ejemplo de lo que ha llegado a ser el clero: “No hay hoy en España ningún obispo inteligente” (p.207).

Yecla (trasunto de la España del interior) representa la ruina y la usura por los problemas de la depreciación del vino, con lo cual los usureros se hacen con las tierras. Pero Yuste, que supo transmitirle conocimientos de actitud honrada ante la vida, no fue capaz de prevenirle contra el hastío y el pesimismo, del que era portador. Este pesimismo se adueña del ánimo de Antonio Azorín y le hará caer en la abulia generacional. En esta situación, carente de voluntad, la única salida que se le ofrece, es la tomada tiempo atrás por el maestro Yuste: dejar Madrid y volver a Yecla. Antonio Azorín, a diferencia del maestro, no sabrá mantenerse en su condición de intelectual. Su mundo de lecturas será sustituido por otro bien significativo: el cuidado del estandarte del Santísimo. Caerá derrotado ante la fuerte voluntad de Iluminada, convirtiéndose en un propietario rural consorte de la España profunda del momento.

En cuanto a la recepción, La voluntad se leyó poco, aunque la crítica no le fue adversa.

Las reseñas de los principales críticos del momento: Bernardo G. Candamo, Zeda (Francisco Fernández Villegas), José Martínez del Portal y Andrenio (Eduardo Gómez Baquero), fueron bastante positivas. Sólo la crítica de Fray Candil (Emilio Bobadilla) le fue adversa. Cuando Azorín publicó la 2ª edición de La voluntad en la editorial Renacimiento en 1913, escribió una nueva página, que insertó al final, titulada, >>Desde la colina<<, porque al releer el libro- cuando ya eran otras las ideas y la técnica del autor- le dio la impresión del “viajero-un poco cansado y entristecido- que desde la lejana colina contempla tras los años, la vieja ciudad en que tantas horas de esperanzas y de tristezas pasaron por él”7.

Hay escritores que han vivido en continuo diálogo con sus obras. En cada nueva edición introducen cambios, realizan supresiones con el fin de mejorar, de depurar la obra. Tal es el caso de Valle-Inclán con las Sonatas. El caso de Azorín es el contrario, corregía la primera edición y trataba de olvidar para seguir con su tarea creativa. Además su criterio era respetar la obra pretérita, esto dice también en >>Desde la colina<<: “respetemos lo realizado en el tiempo; no nos creamos con facultad por dar por no efectuado lo que ha tenido su realización. Respetemos estrictamente nuestra obra pretérita”. (Ibidem).

La 3ª edición es de 1919 y fue editada por R. Caro Raggio, como segundo volumen de las Obras Completas de Azorín y conserva el texto de 1902. La 4ª edición fue publicada por Biblioteca Nueva, Madrid, 1939 y sufre la censura del momento. Las ediciones que siguen a partir de 1940, Obras Selectas, Biblioteca Nueva, 1943 (reimpresa en 1953 y 1963) y la de las Obras Completas, vol. I, Aguilar, Madrid, 1947 (Edición de Ángel Cruz Rueda), así como la edición de La voluntad en el tomo II de Las mejores novelas contemporáneas, Planeta, Barcelona, 1958, a cargo de Joaquín de Entrambasaguas, todas ellas reproducen la 4ª edición censurada.

Por fin la edición de E. Innman Fox (Castalia, Madrid, 1969) reproduce el texto de la edición de 1902, corrigiendo las erratas. Esta edición crítica va precedida de un interesante estudio introductorio.

Posteriormente y con motivo del “Centenario del 98” se han producido dos ediciones en 1997: una en la editorial Biblioteca Nueva, con un prólogo de Antonio Ramos Gascón y la otra a cargo de María Martínez del Portal, en Ediciones Cátedra con un amplio estudio introductorio y notas al pie de página.

También fue editada en Obras escogidas, vol. I, por Espasa-Calpe, Madrid, 1998 y por el diario EL MUNDO: “Las cien mejores novelas en castellano del siglo XX”, Bibliotex, Barcelona, 2001, con un esclarecedor prólogo de Guillermo Carnero.

El centenario de la edición de la novela en 2002, ha propiciado la traducción de La voluntad al italiano: La voluntà por Lia Ogno y editado en “Le Lettere”, dentro de la colección Piccola Biblioteca Hispánica, dirigida por Francisco José Martín. Y este mismo año se publica la edición facsímil de la 1ª edición por la Caja de Ahorros del Mediterráneo, Murcia, como también hizo con Camino de perfección, en 2002.

Por último la Biblioteca de Castro, ha publicado La voluntad, dentro del tomo Novelas I de Azorín (Diario de un enfermo, La voluntad, Antonio Azorín) a cargo de Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, 2011.

Cuarenta años después de publicada La voluntad en 1942, Azorín contestó a unas preguntas, que le formuló Víctor Arlanza en El Español, Madrid, 19.XII.1942, sobre la realidad de los personajes, y esto dice al respecto:

“De todo hay. Antonio Azorín, naturalmente, soy yo mismo. Lasalde, el Padre Lasalde, existió con ese mismo nombre: un sabio arqueólogo y bibliófilo, colaborador de la Revista Calasancia y profesor mío en el colegio (…) Yuste, sí, el maestro escéptico es un personaje imaginario; su apellido, que por lo demás tiene un valor cesáreo- el retiro en Yuste (Cáceres) de Carlos I-, es un apellido de mi familia. Y en cuanto a Justina, tampoco existió nunca”.

Y en cuanto a la realidad del paisaje, esto responde:

Nosotros escribimos (…) según el procedimiento de Flaubert y de los naturalistas franceses (…) para describir aquel panorama me levanté antes de amanecer tres mañanas seguidas. Además de mi lápiz y mi cuaderno, me acompañaba una lamparita, pues naturalmente no se veía. Y a su luz indecisa iba escribiendo, describiendo los mil matices del paisaje, a medida que iba asomando el sol. En cuanto al paisaje en sí, Yecla es puramente manchego. No lo de Alicante con su gradación de grises.”

Y al preguntarle el periodista si planeó La voluntad como una novela de tesis, Azorín responde:

“De tesis no… De reacción contra el medio. La voluntad se ha hecho, independientemente de mi voluntad y de mi propósito de escribirla, representativa de aquella generación nuestra y aun de un momento de mi evolución personal.

La voluntad es el deseo de voluntad, deseo que a su vez implica una falta”8

Podemos, pues, concluir que en La voluntad se describe el fracaso del joven revolucionario Antonio Azorín, frente a una España hostil y en decadencia. Muestra, también, la lucha interior del protagonista que intenta superar su abulia, pero se siente ahogado por su pesimismo. Esta novela se puede considerar como epítome de toda una minoría intelectual española-La juventud del 98- que intentó transformar la vida social, política y económica criticando a todas las instituciones. Sin embargo como le pasa a Antonio Azorín, fue un grupo incapaz de poner en práctica su rebeldía por falta de energía y decisión.

La historia personal del protagonista puede extrapolarse a la realidad de entonces (el 98), así como la actitud vital de José Martínez Ruiz, que adoptará el apellido de su creación como seudónimo literario en 1903, AZORÍN.

Por otra parte, el título “La Voluntad”, es una pura paradoja, bajo la cual se oculta la novela de la abulia (no-luntad) y del fracaso.

A pesar de todo La Voluntad es una novela que soporta el paso del tiempo y mantiene su vitalidad textual y creativa cumplido el centenario.



Bibliografía:

Alonso Zamora Vicente, >>Una novela de 1902<<, en La voz de la letra, Espasa-Calpe, Madrid, 1958

Azorín (Martínez Ruiz José), La voluntad, Edición de Inman Fox, Clásicos Castalia, Madrid, 1995.

-: Edición de Antonio Ramos Gascón, Biblioteca Nueva, Madrid, 1997

-: Edición de Mª Martínez del Portal, cátedra, Madrid, 1997

-: Edición de Miguel Ángel Lozano Marco, en Novelas I, Biblioteca de Castro, Fundación José Antonio Castro, Madrid, 2011.

Azorín, Madrid, Introducción de José Payá Bernabé,Biblioteca Nueva, 1997

Azorín, Obras Completas I, Edición de Ángel Cruz Rueda, Aguilar, Madrid, 1947

Baroja Pío, Camino de perfección, Caro Raggio Editor, Madrid, 1993

Blanco Aguinaga Carlos, Juventud del 98, Editorial Crítica, Barcelona, 1978

Entrambasaguas, Joaquín de, Las mejores novelas contemporáneas, vol. II, Editorial Planeta, Barcelona, 1963

Laín Entralgo, Pedro, La Generación del 98, Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1975 (8ª edición).

Show Donald, La Generación del 98, Cátedra, Madrid, 1985

Unamuno Miguel de, Niebla, Edición de Armando F. Zubizarreta, Clásicos Castalia, Madrid, 1995.

Madrid, 25 de abril de 2012





















1 . Martínez Ruiz J. Azorín, La voluntad, Edición de Inman Fox, Clásicos Castalia, Madrid, 1989 (5ª edición) pp. 58-59. Todas las citas textuales serán de esta edición señalando la página.

2 .Azorín, Madrid, Introducción de José Payá Bernabé, Ilustraciones de Luis García Ochoa, Biblioteca Nueva, Madrid, 1997, capit. >>Los pupilajes<<. P.42

3 . O. C. p. 166

4 . Blanco Aguinaga, Carlos, Juventud del 98, Editorial Crítica, Barcelona, 1978 ( p.272)

5 . Unamuno Miguel de, Niebla, Edición de Armando F. Zubizarreta, Clásicos Castalia, Madrid, 1995, (p.178)

6 . Baroja Pío, Camino de perfección, Caro Raggio Editor, Madrid, 1993, ( XVII, 120)

7. Azorín, Obras Completas I, Aguilar, Madrid, 1947 (pp.995-996)

8. Entrambasaguas Joaquín de , La mejores novelas contemporáneas, Tomo II, Editorial Planeta, Barcelona, 1963 (pp.650-651)

ANÁLISIS Y SIGNIFICACIÓN DE AMOR Y PEDAGOGÍA de Unamuno






Génesis: Amor y pedagogía inauguró la colección “Biblioteca de Novelistas del siglo XX”, que dirigía el escritor catalán Santiago Valentí Camp y publicó la Imprenta de Henrich y Cia, editorial fundada por Manuel Henrich y Girona en 1890.

Esta primera edición lleva un prólogo, un epílogo y los >>Apuntes para un tratado de Cocotología<<; todo ello a instancias del editor para ajustarse a las 300 páginas que debía tener la novela. Al publicar esta novela, Unamuno ya era Rector de la universidad de Salamanca (había sido nombrado el 31 de octubre de 1900). Los problemas del cargo y la muerte de su hijo influyen en la novela, que puede ser considerada en clave de humor, un desahogo de sus problemas personales.

En una carta al crítico Candamo dice Unamuno:

“Estoy ahora enfangado en una novela pedagógico-humanista (mis niños de 7 y 8 años me ayudan sin saberlo). Me va saliendo un libro doloroso y triste, por bajo lo grotesco. Y tiene no poco de sátira, tal vez hasta dura a menudo. Gran parte de él es un cuento de amor, por primera vez en mi vida es el amor como pedagogo”1.

En otra carta a su amigo Múgica del 12 de mayo de 1902, Unamuno le dice, al enviarle un ejemplar ya editado: “Le envío mi Amor y pedagogía, que me ha comprado y publicado y editor barcelonés. Es como verá un desahogo…en España no faltan quienes escriban bien, lo que falta es quienes piensen o sientan”2.

Unamuno después del tira y afloja con el editor por lo del tamaño de la colección, comenta en el prólogo a la primera edición la anécdota del librero de Bilbao, al que un cliente le pide los libros de un mismo autor, del mismo tamaño para que no desentonen en la biblioteca. Y Unamuno dice que publica para los lectores y no para las bibliotecas. Por eso dedica su edición de esta forma: “Al lector dedica esta obra El Autor”. Por fin el 26 de abril de 1902 Unamuno escribe a Valentí Camp, que ha recibido los ejemplares de Amor y pedagogía y que le ha gustado la edición, aunque tiene algunas erratas.



Síntesis argumental

Don Avito Carrascal, personaje que ha sustituido la religión por la ciencia, cree que puede obtener la genialidad haciendo un adecuado programa de educación, basado en una vida austera y sin excesos. Decide Avito Carrascal que debe casarse con una dólico-rubia, Leoncia, pero cuando va a declararle su amor (a modo de informe científico) se encuentra a una tal Marina, “braquimorena”, y se casa con ella. Tienen un hijo; lo inscribe en el registro con el nombre de Apolodoro (don de Apolo, el más bello), aunque su madre preferirá llamarlo Luisito. El hijo predestinado a ser científico, es sometido a las más diversas pruebas, como la de sumergirlo en agua al nacer, para medir su peso específico y su densidad.

De la cuidadísima educación se encargará el profesor don Fulgencio de Entrambosmares. Crece Apolodoro en la mediocridad. El resultado parece normal, pero su vida, carente de sentido, está vacía. Un día Apolodoro-Luisito se enamora de Clarita. La chica rechaza al pedante portento y prefiere a Federico, más fogoso y vehemente. El genio programado sufre un desengaño y se suicida. Don Avito que aún confía en su método, tiene la intención de aplicar la teoría a su nieto, hijo póstumo de Apoldoro-Luisito Carrascal y Petra, la criada.



Contexto ideológico: El final del siglo XIX había vivido un auge de los programas científicos y Unamuno se propone caricaturizarlos con Amor y pedagogía.

El Krausismo, la Institución Libre de Enseñanza y la pedagogía institucionista preconizaban la educación armónica del hombre para alcanzar el progreso de la sociedad. Esta pedagogía estaba basada en la libertad, el laicismo, la razón y la tolerancia. Herbert Spencer aplicó la teoría de Darwin a los fenómenos sociales: la evolución debe tender al progreso de la sociedad. Augusto Comte, representante del positivismo, rechaza todo conocimiento subjetivo y sólo atiende a los hechos, su clasificación, sus relaciones y sus leyes. Don Avito y don Fulgencio están dentro de esta corriente, que Unamuno caricaturiza.

La misión del pedagogo es hacer hombres libres, hacer ciudadanos. El pedagogo debe ayudar al alumno a conocerse a sí mismo, con sus límites y capacidades, y ejercer su libertad, cosa que no hacen don Avito y don Fulgencio, que pretenden a toda costa lograr un genio, ignorando las capacidades y la naturaleza de Apolodoro.



Estructura

La primera edición de 1902 constaba de cinco apartados integrados en la ficción de la novela:

1. Dedicatoria: “Al lector , dedica esta obra El Autor”

2. Prólogo original, con enfoque autocrítico. Se simula escrito por un autor anónimo, que critica al autor de Amor y pedagogía.

3.La novela, que Unamuno llama logo, que consta de 15 capítulos numerados en romanos y subdivididos, a veces, por escenas separadas por asteriscos.

4.Epílogo, de tono irónico, escrito para ampliar las páginas del libro por exigencias del editor.

5. Ensayo: “Apuntes para un tratado de Cocotología”, atribuido a don Fulgencio

El la segunda edición de 1934 de añaden más elementos paratextuales:

“Un prólogo-epílogo a esta edición”, escrito por el autor en el que se reflexiona sobre las “nivolas” y un “Apéndice” grotesco sobre del descubrimiento del sexo de las pajaritas.

En el Epílogo de la primera edición, Unamuno cuenta alguno de los pormenores de la publicación de la novela:

“Mi primer propósito (…) fue publicarla por mi cuenta y riesgo, como hice, y por cierto con buen éxito, con mi obra (Paz en la guerra); pero necesidades ineludibles y consideraciones de cierta clase me obligaron a cederla, mediante estipendio, claro está, aun editor”3.

También hace referencia a la presión editorial para que las obras editadas en la colección tengan cierta uniformidad (300 páginas).

Asimismo da noticia del embarazo de Petra, la criada, que “tuvo la desgracia de enamorarse de su señorito, del padre del fruto que ahora lleva en sus entrañas” (p. 135), en el cual va a seguir aplicando, don Avito, su método pedagógico.

Luego también incorpora un texto: “Apuntes para un tratado de cocotología”, que trata del arte de construir pajaritas de papel (para llegar a las 300 páginas exigidas por el editor barcelonés), texto que atribuye a don Fulgencio y que responde a una de las aficiones más conocidas y divulgadas de Unamuno.

Además hay otras dos adiciones en la edición de Espasa-Calpe de 1934: “Prólogo-epílogo a esta edición”, y encontramos una diferencia notable en el prólogo a esta segunda edición, respecto del de la primera, y es la lectura política que Unamuno hace de Amor y pedagogía en 1934: “El pobre don Avito Carrascal quiso de su hijo, mediante la pedagogía, hacer un genio, y nosotros queremos hacer, mediante la ‘demagogía’, de nuestros hijos (…) de los hijos de nuestros prójimos (…), unos ciudadanos” (p.18).

Don Avito, mediante la pedagogía, pretendía lograr un genio, pues el Estado mediante la demagogia, que Unamuno equipara con democracia, pretende formar ciudadanos libres. Don Avito fracasa, por errar en el método, y Apolodoro termina suicidándose: “Haga Dios que no tengan que suicidarse-mental y espiritualmente se entiende- nuestros Apolodoros” (p.19). Clara alusión a ese suicidio colectivo, que fue la guerra civil. Unamuno escribe este epílogo en 1934.

La otra adición a esta segunda edición es el Apéndice grotesco a los apuntes de cocotología, donde ya se vislumbra el fascismo: una pajarita contempla una puesta del sol en la mar, compuesta por una greca a modo de olas sobre las que cabalga una svástica.

Todos los prólogos, epílogos, ensayo y apéndices, el autor los ha incorporado al texto narrativo y ahí radica la modernidad de la novela.

Por último dentro de este doble o triple marco va el cuerpo de la novela con los quince capítulos, numerados en romanos, separadas algunas escenas por asteriscos.



El tiempo y el espacio: Unamuno en Amor y pedagogía prescinde del tiempo cronológico y del espacio concreto, desconocemos el cuándo y el cómo de la acción. Los personajes carecen de pasado, nacen “in medias res”: “Hipótesis más o menos plausibles, (…) es todo lo que se nos ofrece respecto al cómo, cuándo y dónde, por qué y para qué ha nacido Avito Carrascal. Hombre del porvenir, jamás habla de su pasado” (p.23). Don Avito Carrascal, pues, carece de biografía conocida. Su única entidad será la que se forje en el texto. Nuestra información sobre el personaje será proporcionada por el narrador, por los diálogos frecuentes que mantiene con el resto de los personajes y por sus monodiálogos.

Los espacios que presenta la novela son la casa de don Avito, “un microcosmos racional” y la de don Fulgencio, que convive con esqueletos disfrazados, “un hombre con chistera, corbata, frac, sortija en los huesos de los dedos y un paraguas en una mano y sobre él está la inscripción Homo insipiens, otro de un gorila, simia sapiens” (48-49); y con carteles con aforismos de este jaez: “Pensar la vida es vivir el pensamiento; El fin del hombre es la ciencia” (p.49).

Son espacios cerrados, ajustados a las características psicológicas de los personajes. Así es el despacho de don Avito: “Por todas partes barómetros, termómetros, pluviómetros, aerómetro (…), que adonde quiera que vuelva los ojos se empape de ciencia, la casa es un microcosmos racional” (41).



Los personajes son arquetipos para la sátira:

Don Avito Carrascal es un apasionado de la pedagogía y de la ciencia en general. Pretende, sirviéndose de métodos deductivos y de técnicas pedagógicas, crear un genio. Una adecuada elección de la madre y un correcto control de la gestación serán los primeros pasos a seguir. Desde el principio de la novela vemos a don Avito luchando contra los sentimientos. Don Avito lamenta haber caído en la ‘inducción’, cuando debía haberse casado deductivamente, pero sigue adelante. Hay como un “ritornello” (voz interior) que repite don Avito a lo largo de la novela: “Caíste, vuelves a caer y caerás cien veces más” (p.45), cuando se desvía del rigor pedagógico. No ha tenido en cuenta en sus experimentos pedagógicos el amor, el instinto y la naturaleza. Es el personaje más caricaturizado. Simboliza el fanatismo científico y pedagógico.

Don Fulgencio de Entrambosmares, apellido simbólico, en tanto que hace referencia al hecho de moverse entre el amor y la pedagogía. Así lo presenta el narrador: “Es don Fulgencio de Entrambosmares hombre entrado en años y de ilusiones salido, de mirar vago (…), de reposado ademán y de palabra en que subraya tanto todo que dicen sus admiradores que habla en bastardilla” (p.48). “Profesa un santo odio, un odium philosoficum al sentido común” (p.51). Pues bien a este insodable filósofo encarga don Avito la educación de su hijo: “Tal es el guía para la educación del genio” (p.51)

Don Fulgencio es más moderado que don Avito- de Entrambosmares- le advierte: (…) “quítesele de la cabeza lo de hacerle un genio; harto haremos con que se nos quede en talento” (p.89). Es el personaje más complejao de la novela, posible alter ego de los problemas existenciales de Unamuno. Caricaturizado, además, al hacerle autor del Tratado de cocotología

Don Fulgencio es el maestro, el sabio, el filósofo en chancletas (Gullón R., 1976) caricaturizado. La vida es para don Fulgencio un escenario en el que cada hombre representa un papel asignado por Dios y lo importante será poder intercalar una “morcilla” en ese papel asignado:

“Yo, Fulgencio Entrambosmares, tengo conciencia del papel (…) que el Autor me repartió (…), y procuro desempeñarlo bien (…). Y hay, fíjese bien en esto, Avito, hay quien mete su morcilla en la comedia (…)

-La morcilla, ¡oh la morcilla! ¡Por la morcilla sobreviviremos los que sobrevivamos (…) Y ante todo, ¿sabe usted, Avito lo que es la morcilla? (…) Pues la morcilla se llama, amigo Carrascal, a lo que meten los cómicos por su cuenta en los recitados, a lo que añaden a la obra del autor dramático (…) Por esa morcilla, sobreviviremos, morcilla, ¡ay!, que también nos la sopla al oído el gran Apuntador” (p.54).

Don Fulgencio apunta aquí los temas unamunianos de la dependencia del personaje de su creador, que más tarde desarrollaría en Niebla.

Apolodoro, el futuro genio, presunto protagonista del proyecto educativo, pero no por ello aparece más definido que los demás. Ni siquiera tenemos un a descripción física suya. Es presentado como un tonto, como un pedante, resultado de una confusa educación. Desde su nacimiento se ve condicionado por su nombre y por el destino que ha decidido su padre para él. Con el tiempo acabará sufriendo un doble fracaso, como escritor y como pretendido amante de Clarita. El final será el suicidio.

La influencia materna (amor) pugna por prevalecer sobre la paterna (pedagogía). La madre, el amor, el instinto y la naturaleza contra el padre, la ciencia, la pedagogía y la razón. Clarita le rechaza y ha fracasado como escritor. Las ideas del padre no le sirven, no le queda otra salida que el suicidio.

Apolodoro es un producto del fanatismo de su padre, genio abortado y víctima indefensa, más humano y creíble que su padre, don Avito. Es un personaje abúlico, indolente como Antonio Azorín o Fernando Osorio. Apolodoro está afectado por el “mal de fin de siglo”, tan propio de los personajes del modernismo.

Los personajes femeninos (Marina, la madre; Clarita, la amante; Edelmira, esposa de don Fulgencio y Petra, la criada) tienen poca relevancia.

Marina, la madre de Apolodoro, es la antítesis de don Avito. Encarna el instinto, la vida, la pasión y representa la tradición, la intrahistoria del pueblo dormido en su fe. Influye en su hijo Apolodoro, a quien bautiza en secreto con el nombre cristiano de Luis y le da los besos y caricias propios de una madre; mientras don Avito procura ir imponiendo a su hijo una formación basada en la razón. Pero la influencia de la madre es definitiva.

Al final, también, don Avito cae en los brazos de Marina. Pierde don Avito por un momento la confianza en la ciencia, en el progreso y se refugia en la tradición. La novela termina cuando Marina besa la ardorosa frente de su marido mientras grita: “¡Hijo mío! Y él responde: “-¡Madre!- gimió desde sus honduras insondables el pobre pedagogo, y cayó desfallecido en los brazos de su mujer.

El amor había vencido” (p.146).

Algunos críticos- dice Anna Caballé- han querido ver “el triunfo del amor frente a la ciencia en la novela, interpretando literalmente la última frase del cuerpo central de la obra: “El amor había vencido”4. Y no parece que el amor triunfe, pues el suicidio de Apolodoro-Luis, después de su doble fracaso sentimental e intelectual y la inconsciencia machacona de don Avito, que una vez recuperado del impacto de la muerte de Apolodoro-Luis, pretende repetir la experiencia funesta en su futuro nieto. Todo esto no permite pensar que el desenlace de la novela suponga un triunfo del amor.

Por otra parte cuando en el epílogo, Unamuno retoma fugazmente a sus personajes, se nos informa que la tragedia del funesto pedagogo no es absoluta, pues la noticia del futuro nieto permitirá a don Avito reanudar sus ideales educativos y con los mismos resultados, cabe suponer, por más que don Avito quiera enmendar su postura: “Le educaré, sí, le educaré, le educaré con arreglo ala más estricta pedagogía, y no habrá don Fulgencio ni don Tenebrencio que me le eche a perder (…). Le educaré yo” (p.136).

Clarita es un personaje superficial, pragmático y vulgar, que elige a su novio por simple cálculo.

Edelmira-Mira- esposa de don Fulgencio, es el retrato de la mujer dominante. Considera a su marido un charlatán y desprecia sus filosofías.

Petra, la criada, es el personaje que más hondamente sintió la muerte de Apolodoro y esto sirve “para que se vea que la mayor rudeza de inteligencia y de carácter puede ir unida a la mayor profundidad y ternura de sentimientos” (Epílogo, 135).

Menaguti (Hildebrando F. Menaguti) es un personaje secundario, caricatura del esteta modernista, melenudo, iconoclasta, que había de estimular la creación poética de Apolodoro.

Federico, el novio de Clarita, es otro personaje tipo, que nos recuerda el hombre-voluntad, el superhombre nietzscheano. Contrasta con la falta de voluntad de Apolodoro.



El estilo: Estamos ante una farsa trágica en la que se critica la manía pedagógica sacada de su justo medio, mediante una técnica narrativa deformadora e hiperbólica. Se combina lo humorístico y lo serio, presentándonos a los personajes como víctimas de su propio fanatismo. Se usan tecnicismos científicos con intención irónica y burlesca.

Hay una sencillez expresiva, con una clara voluntad antirretórica y un predominio del diálogo.

Observamos también, un juego literario de gran originalidad a partir de los componentes paratextuales (prólogos, epílogos y Apuntes para un tratado de cocotología) que acaban participando en las claves interpretativas de la novela a pesar de ser ajenos, en apariencia, al desarrollo argumental de la obra y dotan a la novela de un carácter metaliterario.

Finalizada la novela con la muerte del pobre Aplodoro-Luis, Unamuno sigue dando vida a sus personajes en el epílogo, que lamentan la muerte del infortunado protagonista. Pero será don Fulgencio, quien visitado por Unamuno e interrogado por el autor no ha querido manifestarse acerca de la muerte de Apolodoro: “Se me mostró muy afectado y dolorido y me dijo: ¡Pasemos a otra cosa!” (p.1459. Y al manifestarle Unamuno la necesidad de original para completar la novela, don Fulgencio le entrega u pequeño diálogo titulado “El Calamar” y los “Apuntes para un tratado de cocotología”, que Unamuno ofrece a continuación. Estos “Apuntes…” son una parodia de los tratados científicos al uso, con prolegómenos, historia, razón de método, etimología, definición y con las ilustraciones pertinentes.

El apéndice final, también está dedicado a don Fulgencio, que “sigue pensando en escribir un extenso Tratado comparativo de Cocotología racional en dos tomos” (p.167); y hace referencia al descubrimiento del sexo en la cocotta vulgaris, o pajarita de papel ordinaria.

Hace un guiño al ascenso del fascismo (estamos en 1934) con una ilustración en la que una pajarita contempla una puesta del sol en la mar con una svástica sobre una greca que simula las olas del mar.

Concluye, pues, el autor arremetiendo contra los “pedantes investigacionistas, que no investigadores. Tengamos la fiesta en paz, y ahoguemos en amor, en caridad, la pedagogía.” (p. 177).



Significación:

El final del siglo XIX había vivido un gran auge de los procesos científicos y Unamuno se propone caricaturizarlos. Por lo tanto Amor y pedagogía es una burla cruel contra el cientifismo positivista, que exclusivamente pretende regir la conducta humana por las leyes naturales.

Como figura grotesca, bufa muestra a don Fulgencio de Entrambosmares, que como su apellido indica, se mueve entre la filosofía escolástica y la liberación por medio del absurdo. Sus cavilaciones filosóficas quedan resumidas- como se ha dicho- en la teoría de la “morcilla”. Sostiene don Fulgencio que el ser humano es un actor que representa un papel impuesto y lo más importante para él es el momento en que puede meter una “morcilla”. Esta teoría será llevada a la práctica por su propio discípulo, que, al ahorcarse, introduce un elemento que no estaba previsto en el texto dramático.

Al método científico infalible preconizado por don Avito se opone la función del sentimiento y del instinto como partes fundamentales del crecimiento intelectual. Esta faceta está representada por Marina, la madre, que vive envuelta en una niebla similar a la que, más tarde, rodeará a Augusto Pérez en Niebla.

El ensayo, “Apuntes para un tratado de cocotología” o ciencia de las pajaritas de papel, obra de don Fulgencio de Entrambosmares, en ella siguiendo el modelo de un tratado científico argumenta con todo rigor sobre tan ‘apasionante’ materia. Es un aclara parodia de los tratados de Ética, Lógica y Pedagogía que escribían los krausistas.

El prólogo-epílogo de 1934 está escrito en primera persona por el autor y con un estilo más demagógico que pedagógico. Si lo comparamos con el prólogo ficticio (de autor anónimo) de 1902, notaremos un cambio de estilo vinculado a la gravedad de las circunstancias históricas: la guerra “incivil” que se avecina.

Si la pajarita del “Apéndice” de 1934 declaraba el temor del autor ante el fascismo ascendente; el prólogo-epilogo sirvió al autor para manifestar su rechazo a la escuela laica, que la Constitución republicana pretendía imponer. Unamuno rechaza explícitamente una situación que desembocaría en otra forma de intolerancia.

El autor se pronuncia en este prólogo-epílogo contra la escuela única: “El niño es el Estado, y debe ser entregado a los pedagogos-demagogos-oficiales del Estado, a los de la escuela única (…) El pobre Apolodoro se suicidó. Haga Dios que no tengan que suicidarse- mental y espiritualmente, se entiende- nuestros Apolodoros” (p.19). Unamuno vislumbraba la guerra civil.

Amor y pedagogía supuso en 1902 un replanteamiento (innovación) a nivel formal y estructural del género novelístico.

Dice José-Carlos Mainer:

Esta novela “significa una ruptura muy personal en la línea del relato tradicional: existe desde luego un fondo realista (una clase media vista sin la piedad galdosiana), pero lo que destaca es la lucha de conciencias, y (…) el enfrentamiento de principios generales-ideología y práctica-, encarnados en voluntades humanas, pero sin que nada oculte el acuciante problema personal que el escritor ventila en el relato”5.

Así pues, tenemos una ruptura con los moldes narrativos realistas del siglo XIX y la incorporación al relato novelesco del paratexto (prólogos, epílogos, Apuntes, y Apéndice). Unamuno necesitaba hacer innovaciones en el género novelístico para reflejar los problemas de conciencia de sus personajes. Y una de las mayores innovaciones será la concepción de la novela como entidad abierta. Se trata de escribir una novela improvisando, “a lo que salga”, “vivípara”- como él decía- sin plan previo. Tal vez en el mismo sentido se pronuncia Baroja en el “Prólogo casi doctoral sobre la novela”: “La novela, hoy por hoy, es un género multiforme, proteico, en formación, en fermentación, lo abarca todo: el libro filosófico, el libro psicológico, la aventura, la utopía, lo épico; todo absolutamente.”6

El título Amor y pedagogía revela un conflicto, la imposibilidad de suprimir las reacciones primarias del hombre y de encaminarlas pedagógicamente para lograr una conducta guiada por los últimos descubrimientos de la sociología y de la pedagogía. Don Avito Carrascal: “Anda por mecánica, digiere por química y se hace cortar el traje por geometría proyectiva” (p.21); y este cientifismo lo quiere aplicar a la educación de su hijo Apolodoro.

Unamuno entabla en la novela una lucha contra el mundo rigurosamente organizado del saber científico, que al fin y al cabo, resulta ser un tema más del modernismo. El pobre Apolodoro resulta ser la víctima de los experimentos paternos. Don Avito, con la ayuda de don Fulgencio, lo educa sin dejar ningún resquicio para los sentimientos. El amor figura de comodín que desbarata todo el edificio basado en una pedagogía mal entendida.

En la educación de su nieto, don Avito manifiesta que no dejará ninguna oportunidad al amor, que todo será pedagogía pura. De este modo, amor y pedagogía volverán a ser términos antitéticos.

Será en la siguiente novela, Niebla, escrita en 1907 y publicada en 1914, donde se dé la solución al conflicto ente amor y pedagogía. Así en el capítulo XIII de Niebla, Augusto Pérez se encuentra con don Avito en la iglesia de San Martín de Salamanca y éste le confiesa a Augusto Pérez que “la vida es la única maestra de la vida; no hay pedagogía que valga. Sólo se aprende a vivir viviendo, y cada hombre tiene que recomenzar el aprendizaje de la vida de nuevo”7 .

Por lo tanto, la conclusión final del conflicto entre amor y pedagogía será el triunfo definitivo del amor.

Por último hemos de destacar cómo Unamuno sigue dando vida a su personaje, fuera del ámbito novelesco de Amor y pedagogía.

En cuanto a las ediciones, además de las dos ediciones vida del autor (1902 y 1934) tenemos las siguientes:

Obras Completas, vol. II, Novelas, Afrodisio Aguado Aguado, 1958; Obras Completas, vol. II, Novelas, Escelicer, 1967; edición de José Luis Abellán, Novelas y cuentos, 1967; edición de Julia Varella, Alianza Editorial, Madrid, 1989; Obras Completas, vol. I, Turner, Madrid, 1995; edición de Anna Caballé, Espasa-Calpe, Madrid, 1996 y edición de Bénédicte Vauthier, Biblioteca Nueva, Madrid, 2002.



Bibliografía:

Baroja, Pío, La nave de los locos, Editorial Planeta, Barcelona, 1969

Fernández Larrain S., Cartas inéditas de Miguel de Unamuno, Rodas, Santiago de chile-Madrid, 1972.

García Jambrina, Luis, >>Los antecedentes unamunianos de 1902. Nuevo mundo o la anticipación de la nueva novela<<, en Ínsula, 665, mayo, 2002.

Gullón Germán, El jardín interior de la burguesía: la novela moderna en España, 1885-1902, Biblioteca Nueva, Madrid, 2002.

Gullón Ricardo, Autobiografías de Unamuno, Gredos, Madrid, 1976

Mainer José-Carlos, La edad de plata (1902-1939), Cátedra, Madrid, 1986 (p. 44)

Martín Francisco (Editor), Las novelas de 1902, Biblioteca Nueva, Madrid, 2003.

Unamuno, Miguel de, Amor y pedagogía, Colección Austral, 141, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1944 (3ª edición).

-: Edición de Julia Barella, Alianza Editorial, Madrid, 2000

-: Edición de Anna Caballé, Espasa-Calpe, Madrid, 2002 (20ª edición)

-: Edición de Bénédicte Vauthier, Biblioteca Nueva, Madrid, 2002

Unamuno, Miguel de, Niebla, Edición de Armando F. Zubizarreta, Clásicos Castalia, madrd, 1995.



Madrid, 20 de abril de 2012




















1. >>Cartas de Unamuno a Candamo<<, en Índice, año XII, nº 114, junio de 1958. Carta del 16/01/1901

2 .Fernández Larrain S. Cartas inéditas de Miguel de Unamuno, Rodas, Santiago de Chile-Madrid, 1972 (p. 279)

3 . Unamuno Miguel de, Amor y pedagogía, Espasa-Calpe, Col. Austral, 141, Buenos Aires, 1944 (p. 127). Todas las notas textuales serán de esta edición, señalando la página.

4 . Unamuno Miguel de, Amor y pedagogía, Espasa-Calpe, Edición de Anna Caballé, Madrid, 2002. Introducción, p.20

5 . Mainer José-Carlos, La edad de plata (1902-1939), Editorial Cátedra, Madrid, 1986, (p. 44)

6 . Baroja Pío, La nave de los locos, Planeta, Barcelona, 1969 ( >>Prólogo<<, p. 17)

7 . Unamuno Miguel de, Niebla, Edición de Armando F. Zubizarreta, Clásicos Castalia, Madrid, 1995 (XIII, 152)

miércoles, 20 de junio de 2012

ESTRUCTURA Y SIGNIFICADO DE CAMINO DE PERFECCIÓN de Pío Baroja




La génesis de Camino de perfección debió de ser larga y lenta, hasta que Baroja a comienzos de 1901 empezó una rápida elaboración del material reunido por escrito o conservado en la memoria.

La novela se publicó por entregas en el folletín de La Opinión, Diario de Madrid, político, literario y de información, desde el 30 de agosto de 1901 hasta el 6 de octubre del mismo año.

Pero antes de aparecer la primera entrega de su novela, Baroja publicó el artículo titulado >>Domingo en Toledo<< en Electra, nº 2, 23.III.1901. Este artículo corresponde con algunas variantes al capítulo XXX de C d P, y en el tenemos la primera versión conocida del episodio del ataúd blanco en Toledo, que Martínez Ruiz incorpora a Diario de un enfermo, y repite, casi exactamente en La voluntad (II, iv). Asimismo publicó en Electra, >>El amigo Osorio<<, 13.IV.1901 y corresponde al capítulo I, le siguen >>Nietzsche íntimo<<, I en El Imparcial, 9.X.1901, capítulos: XIII y XIV; >>Ciudad sin alma<< en Juventud, 1:XI.1901, capítulo XXXIII y >>Nietzsche íntimo II<< en El Imparcial, 7.XI.1901, capítulos XIII-XIV. Todos estos trabajos que aparecieron antes de su publicación en folletín e incluso después, al pasar a la novela sufrieron algunas modificaciones.

Después Baroja publicó Camino de perfección en libro, no consta la fecha exacta, pero debió ser entre finales de febrero y principios de marzo de 1902; porque el 16 de marzo de ese año, Martínez Ruiz saca una reseña en el Heraldo de Madrid. Baroja le había enviado un ejemplar con la siguiente dedicatoria: “A mi querido amigo Martínez Ruiz, Fraternidad”.

El editor de C de p fue Bernardo Rodríguez Serra, joven editor, que había iniciado su labor en Madrid en los amenes del siglo XIX. Su proyecto pretendía ser una alternativa a la editorial “España Moderna” de José Lázaro Galdeano. Rodríguez Serra murió muy joven, poco después de publicar C de p y la actividad editorial fue continuada por su esposa hasta 1910.

Para presentar la novela, su editor, apoyado por Martínez Ruiz (Azorín), organizó un banquete en el “Mesón Barcelona”, calle San Miguel, 27 de Madrid. Acudieron Benito Pérez Galdós, Ortega Munilla, Mariano de Cavia, Ramiro de Maeztu, Silverio Lanza y otros muchos escritores jóvenes. El Imparcial del 26 de marzo de 1902 daba una amplia reseña de la cena-homenaje a Baroja, publicando el texto de la pintoresca tarjeta de invitación, obra del todavía José Martinez Ruiz, que dice así:


“YANTAR: Cazuela de arroz con despoxos, Alcaucies rellenos, Terneruela apedreada con limón ceutí, pescado cecial, Cordero asado, Frutas, Queso, Valdepeñas tresanexo, Brebaxe de las Indias “.

Sigue la nota de El Imparcial:
“Martínez Ruiz leyó a los postres una interesante y elocuente alocución que sintetiza las aspiraciones literarias de la juventud allí reunida (…). Ramiro de Maeztu leyó también un brevísimo brindis en honor del autor de La casa de Aizgorri y de la nueva literatura (…) Silverio Lanza habló con ingenio fresco y riente. Su discurso fue un análisis de los principales personajes de las novelas de Baroja. Habló Mariano de Cavia para decir a los modernistas que (…) “el presente está preñado de porvenir” (…) el hoy que aplaudimos es hijo del ayer. El ayer que debemos aplaudir es don Serafín Baroja, padre del autor de Camino de perfección.
A las once terminaba el banquete, yantar o colación, que fue en todo y por todo digno del objeto a
que se destinaba”1.

Martínez Ruiz da la noticia literaturizada en La voluntad (II, v) en los siguientes términos:

 “Toda la prensa de la mañana da cuenta del banquete con que la juventud celebró anoche la publicación de la flamante novela de Olaíz (Baroja), titulada Retiro espiritual…

Azorín lee El Imparcial, que refiere (…) el acto. Inició el brindis, leyendo un corto y enérgico discurso, Azorín (…) Después Azorín coge El Liberal. En El Liberal ha hecho la reseña un antiguo compañero suyo. Y Azorín ve con sorpresa que los nombra a todos sin faltar uno menos a él, al propio Azorín” 2 .


En efecto, en El Liberal del 26 de marzo de 1902, entre la lista de los comensales no figura el nombre de Martínez Ruiz. No sabemos quién sería el viejo amigo que le ha ninguneado.

Síntesis argumental:
Camino de perfección, tercer libro de la trilogía, “La vida fantástica”, publicado en 1902, precedido de Aventuras, inventos y mistificaciones de Silvestre Paradox y Paradox, rey, aunque las historias son independientes. El título parodia la literatura mística de Santa Teresa de Jesús, y el subtítulo,”Pasión mística”, confirma la parodia. Quizá establece un diálogo crítico con la interpretación de las tres vías místicas: purgativa, iluminativa y unitiva.
Fernando Osorio, el protagonista de C de p es presentado en los primeros capítulos como un hombre enfermizo y neurótico. Ha abandonado a su familia y se ha refugiado en la religión tradicional por influencia de su educación recibida en los escolapios de Yécora (sin duda la Yecla azoriniana de La voluntad). Abandona sus estudios de medicina y se entrega a la pintura. Fernando Osorio es rentista, una importante herencia le obliga a vivir con unas tías suyas. La pasión mística domina su voluntad, aunque convive con el erotismo que le inspiran las relaciones con su tía Laura. Estas dos tendencias enfrentadas: pasión mística y erotismo, le incitan a buscar algo, que dé sentido a su vida lejos de la hipocresía burguesa y sale de Madrid. En El Paular se encuentra con el alemán Max Schultze y hablan de filosofía, de Nietzche
Después F. Osorio de dirige a Toledo (la ciudad mística); realiza una peregrinación a un enigmático ambiente de soledad y silencio. Renace el misticismo y las fantasías eróticas de sus aventuras soñadas con una monja y con Adela, hija de la pensión donde se hospeda; pero huye de Toledo para no consumar su furor sexual.

 “Después de haberle fallado la religión, el arte (la pintura) y los sentidos (una combinación típicamente modernista)- dice D. Show-3; el narrador explora tres vías diferentes para reconciliarse con la vida. La primera mantenida en reserva hasta el final es el amor. La segunda es la adquisición de un ideal ético consciente y llega después de que F. Osorio ha resistido la tentación de seducir a Adela. La tercera es el ejercicio y vitalismo nietzcheano, que le había propuesto Max Schultze, es la aceptación de la vida por sí misma ignorando todo contenido trascendental”.

Viaja, después, a Yécora, recorre el pueblo, donde se respira un ambiente hostil a todo lo que sea expansión, elevación del espíritu y simpatía humana. Abandona Yécora y se instala en Marisparza, donde mejora y sana su misticismo religioso y se trasforma en un hombre más fuerte. Allí las gentes son cordiales.
Aparece, más tarde, en un pueblo costero de Castellón y vive con unos familiares. Se siente curado de su misticismo religioso y regenera su existencia con la primavera levantina. Se enamora de su prima Dolores, derrota a garrotazos a su rival, Pascual Nebot (antiguo novio de dolores) y se casa. Ha logrado el equilibrio.
Vemos dos años más tarde al matrimonio de Fernando y Dolores y al heredero con buena saluda mental, que él no pudo tener: “Y pensaba que había de tener cuidado con él, apartándole de ideas perturbadoras, tétricas, de arte y de religión”. Pero el narrador, irónico y escéptico, apunta un nuevo conflicto: “Mientras Fernando pensaba, la madre de Dolores cosía en la faja que habían de poner al
niño una hoja doblada del evangelio”4.

Estructura:
Camino de perfección se compone de LX capítulos numerados con romanos, que suponen el recorrido físico y espiritual por tres regiones de la geografía española, que coinciden con las tres etapas de la evolución espiritual del protagonista: las vías purificativa, iluminativa y unitiva, en un acercamiento místico al Dios-naturaleza. No se trata de un camino de perfección al modo teresiano, de un misticismo ortodoxo, sino de in misticismo panteísta y la meta de ese camino será el Dios que se manifiesta a través de la naturaleza.
Así pues, podemos dividir la estructura de Camino de perfección en cuatro partes enmarcadas por un prólogo y un epílogo.
La estructura de Camino de perfección (Sol T. Manuel, 1985:64-65) presenta una gran simetría entre sus partes. La primera parte tiene la función de presentar al protagonista y apuntar los temas principales y consta de siete capítulos.
La segunda parte o etapa purificativa narra la purificación sensitiva y espiritual del protagonista. Consta de 22 capítulos, divididos en dos subunidades: la A de 10 y la B de 12, que coinciden con la purificación sensitiva y espiritual. Es la parte más extensa de la novela, porque en ella se narran las penalidades, que Frenando Osorio tiene que ir superando para alcanzar la perfección física y espiritual.
La subunidad A narra el castigo físico que sufre Fernando durante su peregrinaje desde que sale de Colmenar hasta que llega a ese “lugarón tétrico”, entre Illescas y Toledo, donde la expiación física alcanza su clímax.
La subunidad B se centra en la lucha que tiene que librar Fernando contra las pasiones, principalmente contra el deseo sexual. Fernando antepone el amor al egoísmo, el espíritu a la satisfacción del instinto.
La tercera parte o etapa iluminativa se ocupa de las consideraciones de Fernando sobre la oposición vida-muerte y su determinación de aferrarse a una concepción vitalista del mundo. Consta de 12 capítulos en simetría con los 12 de la subunidad B de la segunda parte.
La cuarta parte o etapa unitiva nos presenta la unión del protagonista con la vida, con la Naturaleza. Tiene 10 capítulos en simetría con la subunidad A de la segunda parte.
El epílogo nos muestra que no basta con tener una concepción vitalista del mundo, ni vivir en unión con la Naturaleza, porque la vida siempre supone muerte: el tema del eterno retorno. El epílogo tiene una clara correspondencia con el prólogo en la medida que ambos constan de un solo capítulo, y que la acción de ambos está separada de la narración por un intervalo de varios años.
Además hay un claro paralelismo por contraste, debido a que el prólogo nos presenta a un hombre inmerso en la vida de la ciudad, desorientado, enfermo, abúlico, cuyas preocupaciones intelectuales (arte y religión) le han quitado la alegría de vivir; y el epílogo presenta a un hombre inmerso en la vida del campo, de la Naturaleza, con las ideas claras, dueño de sí mismo, que desea para su hijo, prolongación de sí mismo, una vida libre de “ideas perturbadoras, tétricas, de arte y religión”. Lástima de la coda.

Personajes:
Fernando Osorio es el personaje protagonista indiscutible de de C de p. Es un personaje decadente, que lucha entre la abulia y la voluntad. En el prólogo y en la primera parte aparecen palabras como “degenerado”, histérico”, o expresiones como “algún resorte se ha roto en mi vida” (I, 11), “siento la vida completamente vacía” (II,16), “tengo el pensamiento amargo (…) Yo creo que es cuestión de herencia” (II,17).
El personaje, pues, está definido desde una perspectiva interna, la de Fernando, y externa, la del narrador-testigo, como un degenerado, un abúlico y un histérico; y su modo de actuar en la primera y segunda parte confirma esta definición.
En la primera página de la novela nos dice el narrador que había visto a Fernando en la sala de disección quitando un escapulario de un cadáver, pues coleccionaba cintas y medallas que traían los cadáveres que llegaban al depósito. Hay, pues, en Fernando ciertas manías enfermizas y una tendencia sadomasoquista.
El ambiente que le rodea, está presentado con rasgos de decadencia finisecular. La sala de la casa, “tenía un aspecto marchito que agradaba a Fernando” (V, 36). El ambiente moral también es de una gran decadencia: abandona sus amistades de bohemia y empieza a reunirse con señoritos viciosos. Vemos que Fernando es un personaje típico de la literatura finisecular, el modernismo.
Otro de los rasgos de su personalidad es su misticismo, la novela se titula, como sabemos, Camino de perfección (Pasión mística). Pero, ¿cómo se entendía el misticismo hacia finales del siglo XIX? Guillermo Díaz- Plaja al estudiar el libro de Max Nordau, Degeneración, dice que el misticismo se podía resumir como “una cierta incoherencia de pensamiento, obsesión, excitabilidad erótica y una vaga religiosidad”5.
Así pues, la conducta de Fernando Osorio con sus excitaciones eróticas, sus alucinaciones y sobre todo, sus vagas ideas sobre la religión, son el resultado de esa idea de misticismo, que Baroja trata de explicar como influencia del ambiente social, familiar y hereditario.
Otra característica de Fernando es su rebeldía contra la religión. Fernando se había criado entre la fe de su nodriza y la incredulidad de su abuelo. Agravada esta situación con los dos años reclusión en los escolapios de Yécora, así lo describe:

 “Era el colegio, con su aspecto de gran cuartel, un lugar de tortura; era la prensa laminadora de cerebros (…), la que cogía los hombres jóvenes, ya debilitados por la herencia de una raza enfermiza y triste, y los volvía a la vida (…) idiotizados, fanatizados, embrutecidos” (XXVII, 229). “Allí- había dicho Fernando en el prólogo- me hice vicioso, canalla, mal intencionado; adquirí todas esas gracias que adorna a la gente de sotana y a la que trata de intimar con ella” (I, 11).

Siguiendo con esta actitud antirreligiosa, en Madrid, estando con Laura (su tía) se propone besarla y acariciarla en el interior de la iglesia de San Andrés, Laura se escandaliza y le señala la presencia de un Cristo. Fernando por la noche tiene una alucinación y empieza a ver a un Cristo que lo miraba: “No era un Cristo vivo de carne, ni una imagen de Cristo; era un Cristo momia (…), que parecía haber resucitado de entre los muertos, con carne, huesos y cabellos prestados” (VII, 52).

En Toledo las visitas que hace a la iglesia de Santo Tomé para contemplar “El entierro del conde de Orgaz”, le excitan su espíritu. El cuadro parece asegurarle la existencia de una vida más allá de la muerte, pero las caras de los severos castellanos que contemplan el sepelio, expresaban un misterio y le perturban.
Durante su estancia en Toledo, la ciudad mística, se pregunta si había nacido para místico y con este propósito visita conventos, en uno de ellos cree descubrir a su alma gemela en Sor Desamparados. Lee los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola y asiste en las iglesias a los oficios divinos. A pesar de ello la fe no llega a su alma. Pero en medio de tal confusión, empieza a vislumbrar que la única salida será el amor: “La única palabra posible era amar. ¿Amar qué? Amar lo desconocido, lo misterioso, lo arcano, sin definirlo, sin explicarlo” (XXV, 158). Por eso la gran mística Santa Teresa había dicho. “El infierno es el lugar donde no se ama” (159).
Entonces a través del amor empieza a pensar en los demás y a replantearse su vida sobre una base nueva: el amor. Renuncia a Adela, que le recuerda a Ascensión, la muchacha de Yécora, que había seducido años atrás. Fernando ha descubierto que el único camino es el amor, después añadirá el trabajo, así concluirá el ‘camino de perfección’.
Fernando ha triunfado, ha vencido la abulia, se ha curado física y espiritualmente; se ha reintegrado a la Naturaleza. Se casa con Dolores, después de vencer la oposición del padre de Dolores y derrotar a su rival, Pascual Nebot, novio de Dolores. Mediante el matrimonio con Dolores- madre-naturaleza- y con su hijo ha terminado cu camino de perfección. De ser, al principio un ‘degenerado’ acaba siendo un individuo regenerado.
¿Qué nos dice Baroja de Fernando Osorio?:

 “El tipo del personaje a quien llamé F. Osorio lo conocí muy poco. Le vi dos o tres veces, siendo yo estudiante del doctorado (…), y era amigo de un compañero mío médico. Él también había estudiado Medicina en Barcelona. Era joven y elegante (…), muy anticatalán (…) se mostraba lector entusiasta de Baudelaire y un poco decadente y satánico. Dijo que las mujeres no tenían interés, porque eran vulgares (…) Que para él El Greco era el primer pintor del mundo, y Bach, el mejor músico (…) No sé qué haría este joven. No oí hablar después de él (…) Este tipo, sin duda, lo engarcé yo con el
pesimista, cuya novela había escrito cuando era estudiante y de aquí salió Camino de perfección”6.

Los otros personajes masculinos son Max Schultze, que es un alemán de Nuremberg, a quien encuentra en El Paular. Es devoto de la filosofía de Nietzsche y habla con Fernando de filosofía y de sus inquietudes. Scultze7 le dice a Fernando “que le conviene castigar el cuerpo para que las malas ideas se vayan” (XV, 97). También le recomienda leer a Nietzche. Será su guía espiritual.
El arriero Nicolás Polentinos, de un estoicismo senequista, es su compañero de viaje de Segovia a Illescas. Por otra parte: “La palabra del ganadero le recordaba el espíritu ascético de los místicos y de los aristas castellanos; espíritu anárquico cristiano, lleno de soberbias y de humildades, de austeridad y de libertinaje de espíritu” (XVII, 120).
Sin embargo los personajes femeninos tendrán, como veremos, más importancia en el itinerario físico y espiritual de Fernando Osorio.
Seis mujeres de muy distinta personalidad influyen en la existencia de Fernando Osorio: Blanca, Laura, Sor Desamparados, Adela, Ascensión y Dolores.
Blanca, la mujer vestida de negro, “delgada, enfermiza, ojerosa”, que tan misteriosamente pretende atraer a Fernando, tiene muy poca influencia en la evolución de Fernando.
Laura, absorbente y aniquiladora, contribuye con su voraz erotismo a impulsar a Fernando al peregrinaje, que es la base estructural de la novela. Laura tiene relaciones homosexuales con su doncella u eso es precisamente lo que atrae a Fernando Osorio, sus tendencias sexuales anormales.. Laura objeto de la ciega pasión de Fernando es presentada como una mujer ambigua, masculina en su aspecto, virago y de un violento atractivo sexual. Fernando establece con ella una relación voluptuosa, con rasgos sadomasoquistas, y el único nexo entre ellos era el odio, no el amor.
Sor Desamparados, surge tras la reja del coro, en el convento de Santo Domingo el Antiguo de Toledo, la hermana Desamparados, alta, pálida, delgada, “en cuyos ojos se leía el orgullo, la pasión (XXIX, 183). Este súbito y romántico amor por la monja, tiene algo de satanismo finisecular y de antirreligiosidad, que casa bien con el espíritu desequilibrado de Fernando en esta etapa. Sin embargo no logra seducir a la monja.
Se propone, entonces, seducir a Adela, una muchacha de 18 años, una de las hijas de la pensión donde se hospeda en Toledo; y cuando la iba a poseer: “Osorio entró en el cuarto, cogió a la muchacha en sus brazos, la estrujó y la besó en la boca. La levantó en el aire para dejarla en la cama, y al mirarla la vio pálida, con una palidez de muerto, que doblaba la cabeza como un lirio tronchado” (XXX, 196); renuncia a ello; el acto le recuerda la seducción de Ascensión en Yécora y allí dirige sus pasos.
Visita a Ascensión, la encuentra envejecida y triste, llena de odio y no quiere verle. Con el rechazo de Ascensión, Fernando se libra, al fin, del lastre del pasado: sus inclinaciones morbosas, místicas y románticas; y le permite hacerse cargo de su propia vida, como se demuestra en el capítulo XLVI con el cambio de narrador, siendo el propio Fernando, quien en primera persona nos cuente el nuevo rumbo que va a tomar su vida.
Dolores, la mujer cristiana, sencilla, es la que logra anclar a nuestro héroe ofreciéndole un amor doméstico. Pero ante todo, Dolores es el símbolo de la Naturaleza, de la vida: “en su alma y en su cuerpo (…), creía Fernando que cabía más ciencia de la vida que en todos los libros” (LVII, 321-322).
En las relaciones con Ascensión, Blanca y Laura, predomina el instinto, el sexo, la voluptuosidad. Entre él y Ascensión no había verdadero amor, ni siquiera palabras tiernas, sencillamente deseo: “Al principio la muchacha opuso resistencia, se defendió como pudo, (…), después se entregó, sin fuerzas, con el corazón por el deseo, en medio de aquel anochecer de verano ardiente y voluptuoso” (XXXI, 198). Años más tarde, Fernando recordará su complejo de culpa ante tal situación y tratará de explicarlo por la influencia educativa recibida en Yécora, en donde le habían enseñado a considerar listo al hombre que engaña, a despreciar a la mujer seducida y a reírse del marido burlado.
Blanca, la mujer vestida de negro, no ejerce más que una atracción pasajera en Fernando.
Con Laura la pasión erótica alcanza su clímax. No se contentan con la satisfacción sexual, sino que llegan al sadomasoquismo: “A Fernando le parecía una serpiente de fuego que le había envuelto en sus anillos y cada vez le estrujaba más y más” (V, 44); o “al lado de aquella mujer soñaba que iba andando por una llanura castellana, seca, quemada y que el cielo era más bajo, y que cada vez bajaba más, y él sentía sobre su corazón una opresión terrible” (VI, 46). Esta mujer, con su amor voluptuoso, sadomasoquista y perturbador, lo empuja a la naturaleza en busca de la paz deseada.
Sor Desamparados, monja de Toledo, es una mujer de cara pálida, ojos negros “llenos de fuego y pasión” (XXIX, 184), víctima de la sociedad, de la religión, condenada a vivir enclaustrada y sin amor. La pasión que siente Fernando por ella sirve para retar a la sociedad, romper sus tabúes, ya que la religión coarta y reprime los sanos instintos naturales.
Fracasada esta aventura de Sor Desamparados, intenta seducir a Adela, una chica sencilla y buena, que pensaba que para casarse bastaba con saber arreglar la casa. La tentativa también fracasa por voluntad propia, porque Fernando empieza a descubrir el verdadero amor y a vencer sus instintos: “no, no era sólo el animal que cumple con una ley orgánica: era un espíritu, una conciencia” (XXXI, 197).

De estas seis mujeres
“son - como dice José Ares Montes- Laura y Dolores- el malo y el buen amor- quienes más influyen en la vida de Osorio: la primera absorbente y aniquiladora, contribuye con su voraz erotismo a impulsar a Fernando al peregrinaje que es la base estructural de la novela, mientras que Dolores, la mujer cristiana y hogareña, es quien consigue varar a nuestro héroe ofreciéndole un amor doméstico y domesticado”8.

Los personajes femeninos desempeñan una función importante en la trayectoria espiritual del protagonista y en la estructura de la novela. Así en la primera parte, centrada en Madrid, estado inicial de la degeneración, Blanca y Laura ocupan el espacio libre que deja el protagonista. En la segunda parte, subunidad B, centrada en Toledo, la ocupan Sor Desamparados y Adela, que demuestran la capacidad de Osorio de relacionarse con el exterior de una forma normal, no conflictiva, no como con su tía Laura. Las partes tercera y cuarta abarcan los episodios centrados en Yécora, Marisparza y un pueblo de la provincia de Castellón, y los personajes femeninos son Ascensión y Dolores, que representan, la primera el rechazo del pasado, presidido por el mal (la degeneración) y Dolores simboliza el matrimonio espiritual con Dios o con la vida natural y el equilibrio psicológico (la regeneración individual), en el que se darán fundidos, el amor físico y el espiritual, esto es el verdadero amor.

El paisaje
En Camino de perfección (Ares Montes, 1972: 511-515) existe otro protagonista testigo del deambular de Fernando Osorio que es el paisaje. Las descripciones de los paisajes se ajustan al estado de ánimo de Fernando en las diferentes etapas de su camino llamado irónicamente de ‘perfección’; porque su contacto con cualquier manifestación de misticismo (Toledo: sus iglesias, sus conventos, el Greco) o del ascetismo (San Ignacio de Loyola) acaba exacerbando su estado de ánimo, en vez de curarlo. Sólo el contacto con la Naturaleza le sana y rellena de vida.
El camino, la peregrinación de Fernando Osorio desde Madrid hasta un pueblo costero de la provincia de Castellón ofrece una gran variedad de paisajes. Así pinta los alrededores de Madrid:

 “El cielo estaba puro, limpio, azul, transparente. A lo lejos por detrás de una fila de altos chopos del Hipódromo, se ocultaba el sol, echando sus últimos resplandores naranjados sobre las copas verdes de los árboles (…).
La sierra se destacaba como una mancha azul violácea, suave en la faja del horizonte cercana al suelo (…). Al ocultarse el sol se hizo más violácea la muralla de la sierra (…)
Sopló un ligero vientecillo; el pueblo, los cerros, quedaron de un color gris y de un tono frío; el cielo se oscureció (…)
-¡Condenada Naturaleza!-murmuró Osorio-. ¡Es siempre tan hermosa!” (II, 15-16).

Sin duda hermosa a través de la visión tétrica, que de ella nos da Baroja en sus paisajes castellanos. Es un paisaje a veces nítido, plástico como el fondo de un cuadro de Patinar. Es un paisaje dramático, vivo que proyecta la pasión de Fernando. Veamos un ejemplo del atardecer en la sierra:

 “Pasaban nubes blancas por el cielo y se agrupaban formado montes coronados de nieve y de púrpura; a lo lejos, nubes grises e inmóviles parecían islas perdidas en el mar del espacio con sus playas desiertas. Los montes que enfrente cerraban el valle tenían un color violáceo con manchas verdes de las praderas” (XV, 99).

Una de las cosas más significativas en la sucesión de paisajes que presenta Camino de perfección es el violento contraste entre la visión del paisaje castellano y el levantino, con lo que quiere expresar el estado de ánimo de F. Osorio y no la diferencia natural entre las dos regiones. Los adjetivos “tétrico, lúgubre, siniestro, repulsivo, infernal, roñoso, estéril, árido, desolado calcinado”, y los sustantivos “polvo, sangre, amarillez y melancolía”, abundan en los primeros capítulos, que son los que corresponden a las tierras castellanas y manchegas. En cuanto a los seres humanos hay “hombres sañudos”, tipos de aspecto brutal y de mala catadura; las mujeres tienen “carnes duras”, denegridas, terrosas y las miradas son hoscas y pérfidas. En Segovia sólo ve”unas cuantas viejas con caras melancólicas y expresión apagada y señoritillas de pueblo que cantaban canciones de zarzuela madrileña” (XVI, 109). Son frecuentes las comparaciones siniestras: “las casas de Segovia son amarillentas, ictéricas, de maderaje al descubierto, de tejados viejos, roñosos con manchas de sangre coagulada”; y más adelante: “Los pináculos de la catedral parecían cipreses de algún cementerio” (XVI, 113-114); de Illescas dice el narrador: “unas cuantas tapias y casas blancas que parecían huesos calcinados por un sol de fuego” XIX, 129).

Todo este paisaje cambia cuando Fernando se adentra en la región levantina y no sólo por el cambio geográfico, sino por el cambio de estado anímico. Los adjetivos que ahora aparecen son de signo positivo: encantador, luminoso, claro, sonriente, agradable, armoniosos. Hay dos únicas notas negativas, que se encuentran en estos últimos capítulos, que presagian algo inquietante. La primera es cuando Fernando y Dolores viajan en tren hacia Tarragona y contemplan un faro en la noche: “Producía verdadero terror aquella gran pupila roja brillando sobre un soporte negro e iluminado con un cono de luz sangrienta el mar y los negruzcos nubarrones del cielo” (LVIII, 327). En el capítulo siguiente Dolores anuncia a Fernando que va a tener un hijo: es la niña que murió a las pocas horas de nacer. La segunda nota negativa aparece en el último capítulo. Han tenido un nuevo hijo, Fernando hace proyectos sobre su educación: “El día era de final de otoño (…); el viento soplaba con fuerza; bandadas de cuervos cruzaban graznando el aire” (LX, 333). Y las últimas palabras de la novela reflejan el dudoso éxito del proyecto educativo de Osorio para su hijo: “Y mientras Fernando pensaba, la madre d Dolores cosía en la faja que había de poner al niño una hoja doblada del Evangelio”.

El punto de vista narrativo
En cuanto al punto de vista de la narración, los dos primeros capítulos están escritos en primera persona, pero en pasado, por un narrador-testigo: “Entre los compañeros que estudiaron medicina conmigo, ninguno tan extraño y tan digno de observación como Fernando Osorio” (I, 7). Los capítulos III al XLV están escritos en 3ª persona por un narrador con una omnisciencia parcial, su omnisciencia total sólo afecta al protagonista, en quien está focalizada la narración. El narrador desconoce lo que pasa o pasó en el interior de los personajes. Pero en el capítulo XLVI hasta el LVI se vuelve a la 1ª persona. Es Fernando, quien a modo de diario se hace responsable de sus decisiones. Hay una intromisión circunstancial de Baroja para introducir las confidencias de Osorio: “¿Fue manuscrito o colección de cartas? No sé; después de todo, ¿qué importa? En el cuaderno de donde yo copio esto, la narración continúa, sólo que el narrador parece ser, en las páginas siguientes, el mismo personaje” (XLVI, 177).
De este modo será el propio Fernando, quien nos contará su llegada a la casa de sus tíos y, sobre todo, la atracción por su prima Dolores, y todo ello frente al Mediterráneo (en un innominado pueblo costero de Castellón), con un paisaje grato, apacible y sugestivo para Fernando. Estamos lejos de la tierra seca y calcinada, de la mujer implacable e incansable, de sexualidad agresiva y bestial de su tía Laura.
En el capítulo LVII vuelve la narración a la tercera persona9 y Fernando ya está casado con Dolores. Todo le parece lleno de encanto y vuelca su ternura en su mujer. Ella es vista como un “gran río adonde afluía él. Sí, era ella el gran río de la Naturaleza, poderosa y fuerte” (LVII, 321), y a ella afluye él. Fernando siente culminar esa plenitud de vida alcanzada, ese ‘camino de perfección’ y quiere proyectar de cara al futuro las victorias que no había conseguido consigo mismo. Ve al niño dormido en la cuna, “como un pequeño luchador que se apresta pata la pelea, y pensaba que había que tener cuidado con él, apartándole de las ideas perturbadoras, tétricas, de arte y religión” (LX, 334).
Pero lo irónico en Camino de perfección es que a todos los proyectos pedagógicos para su hijo recién nacido: “No, no le torturaré (…) con estudios inútiles, con ideas tristes, no le enseñaría símbolo misterioso de religión alguna (…) Él dejaría a su hijo libre con sus instintos: si era león no le arrancaría las uñas; si era águila no le arrancaría las alas” (335). Y a todo ello respondía la abuela del niño queriéndole preparar también su futuro, de una manera a la del padre, aplicándole el símbolo religioso: la hoja doblada del Evangelio en la faja.
¿Pesimismo final, después del optimismo de los cuatro últimos capítulos? Realismo amargo, más bien, ya que es muy difícil ganar la batalla contra los símbolos seculares y las creencias seculares arraigadas. También parece sugerirnos, el individualista Baroja, que el ‘camino de perfección’ ha de recorrerlo cada uno.

Significación
En cuanto a la trayectoria editorial de Camino de perfección, se publicó, como se ha dicho, primero en el folletón de La opinión de Madrid en 1901; después aparece publicado en libro por Bernardo Rodríguez Serra, Editor en Madrid en 1902. En 1913 sale la segunda edición por la Editorial Renacimiento. Rafael Caro Raggio, cuñado de Pío Baroja, sacará la tercera en 1920, que repetirá en 1925. En 1934 la publica Espasa-Calpe. En el tomo sexto de las Obras Completas (Biblioteca Nueva, Madrid, 1948), pero con algunos fragmentos suprimidos por la censura. Luego viene la edición conmemorativa del centenario del nacimiento de Pío Baroja por Caro Raggio Editor en 1972, con sucesivas reimpresiones. En Obras Completas (Trilogías I), vol. VI, Círculo de Lectores, Barcelona, 1997. Edición facsímil de la edición príncipe por la Caja de Ahorros del Mediterráneo, Murcia ,2002. Alianza Editorial sacó una edición en 2004, dentro de la “Biblioteca Baroja” y por último RBA la ha publicado en 2010 en Barcelona.
La novela, como hemos visto, tuvo varias ediciones desde su publicación en 1902 hasta 2010, por lo tanto se ha leído. Y la crítica le fue favorable, de tal forma que Baroja con la publicación de Camino de perfección quedó consagrado como novelista tanto ante los jóvenes escritores, como ante los maestros, como Valera, Galdós, Ortega Munilla y otros. Sin embargo no ha sido una de las novelas que más se haya leído de Baroja, ni que haya recibido una atención exhaustiva de la crítica.
Baroja en el “Apéndice I” (al final de la edición de Caro Raggio, 1994) dice.

 “Camino de perfección produjo cierta cólera en algunos lectores. Un crítico del Diario de Barcelona dijo (…) que yo era un mico, un obsesionado por el erotismo. En cambio a un profesor austriaco le repugnaba en este libro la preocupación religiosa, y un amigo suyo y mío me decía que al leerlo lo había tirado varias veces al suelo con rabia.
¡Tanta campana!¡Tanta iglesia me da asco!, decía el austriaco”

Como vemos opiniones dispares la del crítico de Barcelona por el desmedido erotismo y la del profesor austriaco por la excesiva preocupación religiosa. La novela escandalizó a los beatos y enardeció a los incrédulos, lo que hizo que unos 40 años más tarde, durante el franquismo, fuera la novela más censurada de Pío Baroja.
En cuanto a las innovaciones narrativas, Camino de perfección, comienza con la voz narrativa en 1ª persona en los dos primeros capítulos, por un narrador-testigo, que miraba a Fernando con el afecto de un amigo, con quien conversa en los pasillos de la facultad y recorre con él los círculos culturales de Madrid; luego del capítulo III al XLVII toma la palabra un narrador omnisciente, que se distancia de nuestro protagonista en busca de un relato de mayor objetividad. Cerca ya del final de la novela aparece una especie de diario o cartas de Fernando, con lo que el autor va a ser un mero copista. Baroja, pues, cambia el punto de vista de la omnisciencia narrativa a la 1ª persona del diario de Fernando Ossorio, que es quien explica la decisión de casarse con Dolores. Desde luego nada más que se produce el cambio de narrador de la 3ª a la 1ª persona, sorprende el tono de energía vital del protagonista: “vivir y vivir…ésa es la cuestión” (XLVI, 281); y lo que predomina ahora es el bienestar y el equilibrio.
Baroja, pues, innovó, recogiendo la labor iniciada por sus predecesores con algunos ecos del naturalismo y sobre todo con tintes modernistas. Estas innovaciones tienen su base en el argumento fragmentado al principio de la novela y el cambio de punto de vista.
Camino de perfección es una obra pesimista en sus tres cuartas partes. El protagonista recorre los caminos de Castilla y va expresando su visión de España. Fernando Osorio, a su vez, es un personaje decadente, aquejado del ‘mal del siglo’, que consistía en la pérdida de valores morales, escepticismo, pesimismo, insatisfacción, decadencia, desconfianza de los gobernantes, desánimo, melancolía y abulia. (No sé si hay cierta coincidencia con los males actuales a 12 años del cambio de siglo).
Cuando F. Osorio se hospeda (capit XII) en una posada de la carretera de Francia, “en el cuarto que le destinaron había colgadas de la pared una escopeta y una guitarra, encima un cromo del Sagrado Corazón de Jesús. Ante aquellos símbolos de la brutalidad nacional, comenzó a dormirse” (XII, 86), comenta el narrador, señalando la decadencia nacional.
El protagonista va a visitar al gobernador civil en Toledo y en el despacho hay un retrato al óleo de Alfonso XII:

“Es un retrato que tiene historia. Fue primitivamente retrato de Amadeo (de Saboya), vestido de capitán general, vino la república, se arrinconó el cuadro y sirvió de mampara a una chimenea; llegó la Restauración y el gobernador de aquella época mandó borrar la cabeza d Amadeo y sustituirla por la de Alfonso (…). Es el símbolo de España” (XXVII, 169).

Y así resume el narrador el ambiente social de Toledo:

 “Los caciques dedicados al chanchullo; los comerciantes al robo; los curas, la mayoría con sus barraganas, pasando la vida desde la iglesia al café (…), lamentándose del poco sueldo; la inmoralidad reinando; la fe ausente y para apaciguar a Dios, unos cuantos canónigos cantando a voz en grito en el coro, mientras hacían la digestión de la comida abundante, servida por alguna buena hembra”(XXII, 147-147).

La descripción de Yécora (trasunto de la provincia española, la Carbajosa de Doña Perfecta de Galdós) es muy negativa y abarca tanto a políticos, sociedad civil como a la iglesia, dice el narrador:

 “El arte ha huido de Yécora (…), le ha dejado en brazos de una religión áspera, formalista, seca, entre las uñas de un mundo de pequeños caciques, de leguleyos, de prestamistas, de curas, gente de vicios sórdidos y de hipocresías miserables (…). La vida en Yécora es sombría, tétrica, repulsiva, no se siente la alegría de vivir” (XXXIII, 208).

Todo esto cambiará cuando llegue a las tierras de Levante, no a las amanchegadas de Yécora, donde Fernando Osorio culminará su camino de perfección con el matrimonio con su prima Dolores y con su hijo, en quien fija sus esperanzas de futuro.
La novela plantea una determinada atmósfera cultural y espiritual agónica en el cambio de siglo, así la pequeña burguesía del innominado pueblo costero de Castellón abomina de la República y del sistema democrático: “Mi tío es especialista en vulgaridades democráticas. Mi tío es republicano. Yo no sé si hay alguna cosa más estúpida que ser republicano, creo que no la hay, a no ser socialista y demócrata” (l, 294). Y aunque Baroja escribiera esto en boca de Fernando Osorio, a modo de provocación, fue involuntariamente precursor, pues otros propusieron, años más tarde, el levantamiento en armas. Sin duda, el Baroja de 1902 era un novelista que deseaba una España más próspera y más justa. Baroja fue consciente de que se hallaba en una época de transición desde una vida sencilla, a la vida compleja de la modernidad y el progreso. En esto también fue precursor, su malestar es el de un mundo agonizante que no encuentra caminos para trazar un proyecto de vida y convivencia en torno a los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Bibliografía:

Ares Montes, José, >>Camino de perfección o las peregrinaciones de Pío Baroja y Fernando Osorio<<, en Cuadernos Hispanoamericanos, 265-267, julio-septiembre, 1972 (pp481-492).

Baroja Pío, Camino de perfección, Editorial Caro Raggio, Madrid, 1993 (Edición conmemorativa de centenario del nacimiento de Pío Baroja)

-: Memorias III. Final del siglo XIX y principios del XX, Editorial Caro Raggio, Madrid, 1945

Díaz-Plaja, Guillermo, Modernismo frente a 98, (Prólogo de Gregorio Marañón), Selecciones Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1979

Martínez Ruiz, José (Azorín), La voluntad, Edición de Inman Fox, Clásicos Castalia (5ª edición), Madrid, 1989

Miró Emilio, >>En torno a Camino de perfección<< en Cuadernos Hispanoamericanos, 265-267, 1972 (pp. 517-5309.

Show Donald, La generación del 98, Editorial Cátedra (5ª edición), Madrid, 1985.

Urrutia Jorge, La pasión del desánimo. La renovación narrativa de 1902, Biblioteca Nueva, Madrid, 2002.

-: >>Las novelas de 1902 en el contexto europeo<<, en Ínsula, 665, mayo de 2002.



Madrid, 15 de mayo de 2012





1 .Ares Montes José, >>Camino de perfección o las peregrinaciones de Pío Baroja y Fernando Osorio<<, en Cuadernos Hispanoamericanos, 265-267 (julio-septiembre, 1972), pp. 482.483

2. Martínez Ruiz, José, Azorín, La voluntad, Edición de Inman fox, Clásicos Castalia, (5ª edición), Madrid,1989 (p. 216)

3. Show Donald, La generación del 98, Editorial Cátedra, 5ª edición, Madrid, 1985 (p. 137)

4.Baroja Pío, Camino de perfección, Editorial Caro Raggio, Madrid, 1993, (Edición conmemorativa del centenario del nacimiento de Pío Baroja). Todas las citas textuales serán de esta edición señalando el capítulo y la página (p. 355)

5.Díaz-Plaja Guillermo, Modernismo frente a 98, Selecciones Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1979 (p.15)

6. Baroja Pío, Memorias III. Final del siglo XIX y principios del XX, Editorial Caro Raggio, Madrid, 1945 (pp. 187-188).

7. En la realidad Max Schutze es Pablo Schmitz, dice Baroja:
“Por este tiempo se presentó en Madrid un suizo que se hizo amigo mío, pablo Schmitz, de Basilea (…) con Schmitz hice algún viaje. Estuve en Toledo, en El Paular, en las fuentes de Urbión (…) En el monasterio de El Paular solía leer Schmitz en voz alta una correspondencia de Nietzche”, en Apéndice II, p. II de Camino de perfección

8..Ares Montes José, >>Camino de perfección o Las peregrinaciones de Pío Baroja y Fernando Osorio<<, en Cuadernos Hispanoamericanos (julio-septiembre), nº 265-267, 1972 (p. 507)

9. El hecho de producirse el cambio de la 1ª a la 3ª persona también se da en La voluntad de José Martínez Ruiz (3ª persona en las partes 1ª y 2ª; y 1ª persona en la tercera parte), la más breve. En Camino de perfección, este tipo de narración en 1ª persona es breve, 10 capítulos, que son cortos o muy cortos.