jueves, 21 de junio de 2012

ESTRUCTURA Y SIGNIFICADO DE LA VOLUNTAD de Azorín




Génesis de la novela: La voluntad fue la primera y más significativa novela de José Martínez Ruiz, publicada en la primavera de 1902 por la editorial Henrich y Cía de Barcelona, dentro de la colección: “Biblioteca de Novelistas del siglo XX”, dirigida por Santiago Valentí Camp. El editor Manuel Henrich y Girona, determinó que las novelas de esta colección tuvieran un número no inferior a 300 páginas. José Martínez Ruiz cumplió con lo estipulado por el editor, ya que la edición príncipe de La voluntad tenía 302 páginas; ya hemos visto los problemas que tuvo Unamuno con Amor y pedagogía y Pío Baroja también tuvo problemas con El mayorazgo de Labraz.

Una peculiaridad de Azorín (Miguel Ángel Lozano Marco, 2011: xxxii-xxxiii) en la composición de sus novelas es el acarreo de diversos textos que habían sido publicados en la prensa periódica y que de una manera pertinente y oportuna se integren en la novela y por tanto adquieran carácter novelesco. Vamos a ir citando todos los artículos que aparecen en La voluntad, según el orden cronológico de su publicación; así tenemos que casi todo el texto del capítulo VI de la segunda parte, la visita al Anciano, se había publicado en la Revista Nueva (24.XII.1899) con el título: >>En casa de Pi y Margall<<. Las ideas pesimistas que expresa Yuste en el capítulo VIII de la primera parte, vienen a ser una versión adaptada del artículo >>Los juguetes<<, Madrid Cómico (5.V.1900). El discurso que Antonio Azorín lee ante la tumba de Larra en el cementerio de San Nicolás, en el capítulo IX de la segunda parte, es el que José Martínez Ruiz leyó en el homenaje al escritor el día 13 de febrero de 1901. También las meditaciones de Antonio Azorín en el capítulo IV de la segunda parte (el monólogo interior en el café Revuelta, en Toledo, que aparece entrecomillado) fueron publicadas en Mercurio (3.III.1901), con el título de >>La tristeza española<<. El episodio del toxpiro de Quijano (capítulo XIII de la primera parte) responde a un suceso real, del que se ocupa J. Martínez Ruiz en su artículo >>El inventor Daza<< en la Correspondencia de España (5.VIII.1901), de cual extrae un párrafo que aparece entrecomillado. En el capítulo VI de la primera parte, Yuste lee en un periódico un artículo titulado>>La protesta<< y en la realidad es >>El escándalo general<<, que J. Martínez Ruiz publicó en El Correo Español (7.II.1902). Se trata de un artículo con un fuerte contenido irónico, donde los tres amigos protagonistas, Pedro, Juan y Pablo, representan a Martínez Ruiz, Baroja y Maeztu, que entonces formaban el grupo de “Los tres” para criticar las injusticias de la política y de la sociedad. Esta asociación de “Los tres” se disolvería poco después.

Siguiendo con este acarreo de materiales en el Prólogo, a modo de ensayo histórico Martínez Ruiz toma una cita de un “Diario” inédito sobre las obras de la Iglesia Nueva, y dice: “marcha la obra con tanta lentitud, que da indignación ir por ella”. Más adelante viene otra cita, en la que el Ayuntamiento reclama fondos al Gobierno para concluir el templo; y según dice la nota nº 1 de la edición de Castalia, todos los datos de este prólogo de la construcción de la Iglesia Nueva provienen de un
estado de cuentas de la época (1859), conservado en la Casa-Museo de Azorín en Monóvar 1.

Por último también conviene señalar que los dos primeros capítulos de La voluntad fueron publicados en febrero de 1902 en la revista La España Moderna (nº 158), con los títulos: >>Impresiones españolas. Una ciudad<< e >>Impresiones españolas. Un clérigo<<. Pero en este caso se utilizan un par de capítulos, una vez escrita la novela, como anticipo, para despertar el interés del lector, a modo de estampas o bocetos.

Por otra parte La voluntad fue escrita, en parte, en un cuarto donde apenas podía revolverse, de casa vieja, situada en la calle Relatores de Madrid; fue además, “otro improperado, menospreciado, a su aparición, libro escrito concienzudamente, con muchedumbre de noticias auténticas, y que también con el tiempo-lo dicen los lectores- ha ido ganando”2, dice Azorín en su libro de memorias Madrid.

José Martínez Ruiz tomó apuntes durante meses en la biblioteca del Instituto de San Isidro de Madrid, el antiguo Colegio Imperial de los jesuitas para La voluntad: Apuntes sobre la vida monástica, que Martínez Ruiz plasma en los capítulos XXI y XXIII, de la primera parte, sobre la profesión de Justina y la vida de las monjas. Esto está documentado en su libro Madrid, capit. XLIII, esto dice: “Dediqué yo en la biblioteca de San Isidro atención preferente a la vida de las religiosas”3.


Argumento de La Voluntad: Tres partes, más un prólogo y un epílogo componen La Voluntad. En el prólogo se dan informaciones sobre la construcción de la Iglesia Nueva en Yecla y también de algunas actitudes de los yeclanos frente a sus antepasados los iberos.

En la primera parte vemos a Antonio Azorín escuchando las ideas y doctrinas de su maestro Yuste, con quien pasea por el campo. La vida de Yecla y el paisaje están en el ambiente. También se relaciona con sus conciudadanos, habla con un inventor de un torpedo eléctrico y con otro que inventa un aparato para lanzar 40 kilos de dinamita a 5 km.. Destaca entre sus amistades la del padre Lasalde, director del colegio de los Escolapios y arqueólogo. Sus conversaciones tratan sobre temas filosóficos y teológicos; pero también estéticos y literarios. Azorín mantiene un pensamiento anarquista, dice el maestro Yuste: “-Azorín, la propiedad es el mal… Y de la fuerza brota la propiedad y de la propiedad el Estado, el ejército, el matrimonio, la moral. Azorín replica:- Un medio de bienestar para todos supone, y esa igualdad..”(pp. 80-81).

Azorín siente cierto amor por Justina, mujer elegante e inteligente que lucha entre su amor por Azorín y el deseo de entregarse a Dios. Justina, aconsejada por el padre Puche, elige el convento. Surge Iluninada (nótese el simbolismo de su nombre) en su vida, mujer activa y voluntariosa, pero altanera, burda y trivial. Tras la muerte de Yuste y de Justina, Azorín se traslada a Madrid.

En la segunda parte Azorín se instala en la capital y desarrolla su actividad periodística, pero ya va marcado por el pesimismo: “Azorín (…), no cree en nada, ni estima acaso más que a tres o cuatro personas entre las innumerables que ha tratado” (p.195). Se mueve por ambientes literarios y populares. Visita al padre Lasalde en Getafe, donde ha sido trasladado. Hace un viaje a Toledo con Enrique Olaiz (trasunto de Baroja). Visita a Pi y Margall, ídolo político de Azorín, y también visita la tumba de Larra. Es expulsado de un periódico por defender el amor libre y ninguneado por un compañero periodista, que no le cita como asistente a la presentación de una novela de Baroja. Abandona Madrid y vuelve cansado a su tierra.

En la tercera parte, de nuevo en el pueblo en una narración en primera persona recoge siete fragmentos de un yo reflexivo y decepcionado: “(…) soy un pobre hombre, soy el último de los pobres hombres de Yecla” (p.271). Azorín está casado con Iluminada y vive sin entusiasmo.

Y en el epílogo es el propio autor-personaje (J. Martínez Ruiz), quien cuenta en tres cartas a Baroja, cómo ha encontrado a Antonio Azorín: casado, vive con su suegra, tiene dos hijos y no dispone de libertad. Apenas lee los periódicos, ni escribe. Habla también de la envidia y rencores que hay en el pueblo (usureros, embargos, abandono de la agricultura). La novela no concluye, sino que se detiene, se dejan de añadir páginas.


La estructura de La Voluntad está formada por el prólogo, las tres partes y el epílogo. El prólogo forma parte de la novela, nos habla de la construcción de una catedral en Yecla y ésta será el símbolo que dominará toda la novela. Las tres partes de la novela están divididas en capítulos, sin títulos y con numeración romana y desigual extensión, aunque muchos de ellos se aproximan a un artículo de periódico. Algunos capítulos de la primera parte están divididos en secuencias separadas por asteriscos (colocados al tresbolillo); así tenemos el capítulo I, que está dividido en dos secuencias narrativas; el capítulo VI narra las idas y venidas de los “ingenuos regeneradores”: Pedro, Juan y Pablo; en el capit XVIII hablan el sacerdote, Orduño y Val, el inventor del torpedo y por último en el capit XXVIII se señalan las diferentes horas del día que preceden a la muerte de Justina.

También podemos destacar que los capítulos XVI y XXII tienen estructura de diálogos dramáticos entre Lasalde, Yuste y Azorín, con alguna acotación: “Sonriendo. Tras larga pausa. Con afabilidad” (p.170)

La novela se divide en tres partes bien diferenciadas entre sí, y un epílogo. La primera parte es mucho más extensa que las restantes. Tanto ésta como la segunda parte están narradas en 3ª persona y en la tercera parte cambia el punto de vista; ya que está narrada en 1ª persona, es el propio protagonista quien nos habla. El epílogo lo forman tres cartas que el autor-personaje, J. Martínez Ruiz dirige a su amigo Baroja-personaje y ambos amigos del protagonista.

La estructura es fragmentaria y discontinua. En cada parte encontramos una serie de cuadros sueltos, unidos por el protagonista, Antonio Azorín y el escenario. La primera parte se desarrolla en Yecla, donde Azorín pasa sus años juveniles adoctrinado por el maestro Yuste. Su actitud es meramente receptiva; se limita a escuchar con avidez las palabras del maestro. Apenas hay trama. La trama más consistente de la novela la constituyen los frustrados amores del protagonista y Justina, que bajo la dirección espiritual de su tío Puche, anciano sacerdote, entra en un convento. Muy bella es la escena en la que los dos hablan por última vez: “El diálogo entre Azorín y Justina (…) ha cesado. Y llega lo irreparable, la ruptura dulce, suave, pero absoluta, definitiva” (p. 138). En medio de estos amores frustrados destaca la figura de Iluminada (nótese el nombre), que media entre la pareja. Azorín admira en ella lo que a él le falta: la voluntad y resolución. Termina esta primera parte con la muerte de los dos únicos seres queridos por el protagonista: Yuste y Justina, su antigua novia.

La segunda parte se inicia con la marcha a Madrid. Antonio Azorín pasa a ocupar un lugar más destacado. La realidad se nos ofrece a través de los ojos del protagonista, que se expresa en largos monólogos en un estilo directo, que alternan con la voz del narrador. Destacan algunas estampas como el homenaje a Olaiz, joven nietzscheano y admirador del Greco, que es trasunto de Baroja; la visita de Azorín al admirado anciano Pi y Margall y el emocionado homenaje de los jóvenes escritores ante la tumba de Larra.

La tercera parte es mucho más deslavazada y tiene una entradilla (Tercera Parte), donde dice: “Esta parte del libro la constituyen fragmentos sueltos escritos a ratos por Azorín” (p.257), durante su viaje por el campo murciano, está escrita en 1ª persona a modo de diario. Los siete capítulos de esta tercera parte se desarrollan en tres enclaves espaciales, que son Blanca (cap. I y II), convento de Santa Ana en Jumilla (cap. III, IV y V) y las tierras yeclanas del Pulpillo (cap. VI y VII). La voz de Antonio Azorín nos llega de manera directa y reflexiona sobre su mermada voluntad, contempla la vida como absurda y examina el estado de los pueblos con tintes noventayochistas, sobre todo la ruina de los campos españoles por crisis vitivinícola y la usura. El encuentro con Iluminada y la misa a su lado marca ya la aceptación de un destino y de una voluntad muy debilitada: “Iluminada guarda en el bolsillo de mi americana su libro de oraciones, con la mayor naturalidad, sin decirme nada” (p.283). Yecla y la religión le vencieron.

Y el epílogo de La Voluntad se desarrolla de nuevo en Yecla, en un enclave temporal deducible (unos días de 1902) y con un nuevo molde narrativo (el epistolar) y un nuevo punto de vista el del autor-personaje J. Martínez Ruiz, alter ego del protagonista. Este epílogo está formado por tres cartas, que proporcionan nuevos datos al lector, que tienden a ir marcando el desenlace. En ellas se nos informa del matrimonio de Antonio con Iluminada, que trae consigo su completa anulación y el alejamiento de la vida intelectual. La falta de voluntad de Antonio, no es sólo consecuencia de las enseñanzas del maestro Yuste, sino también de la peculiar idiosincrasia de Yecla, dice: “En otro medio, en Oxford, en New York, en Barcelona siquiera, Azorín hubiera sido un hermoso ejemplar humano, en que la inteligencia estaría en perfecto acuerdo con la voluntad, en cambio la falta de voluntad ha acabado por arruinar la inteligencia” (p.297). También se cita en la carta III la Iglesia Nueva, sin terminar, que queda como testigo de la falta de voluntad de un pueblo y de su incapacidad para el esfuerzo continuado.

Las tres cartas, fechadas en “Yecla, a tantos”, están firmadas por J. Martínez Ruiz y dirigidas a Pío Baroja. Ambos remitente y destinatario son amigos del protagonista por lo tanto personajes, pero a la vez por tratarse de personas reales, los límites entre la realidad y la ficción se difuminan. El final del epílogo no señala el cierre de la trayectoria vital del protagonista. La última carta deja la novela abierta. J. Martínez Ruiz apunta la posibilidad de una 2ª novela: “La segunda vida de Antonio Azorín”, porque no cree que Azorín se resigne a vivir así: Él es un ser complejo; (…) Azorín es lo que podíamos llamar un rebelde de sí mismo (…). Esta segunda vida será como la primera: toda esfuerzos sueltos, audacias frustradas, paradojas, gestos, gritos…”(p. 300-301).


En cuanto al espacio está bien delimitado, no así el tiempo. El escenario más sostenido es Yecla en el prólogo, la primera parte y el epílogo. La segunda parte transcurre en Madrid con algunas salidas a Getafe a ver al padre Lasalde, a Toledo y en su viaje de regreso a Yecla recala en algunos pueblos murcianos de Jumilla.

Sin duda Yecla –la ciudad y el campo- es el escenario de mayor protagonismo; se trata de una tierra dotada de tanta fuerza que paraliza voluntades, determinando que quede sin acabar la Iglesia Nueva y pasa a ser el pueblo símbolo de España.

Las acotaciones temporales son imprecisas. La acción de la novela es más o menos contemporánea con su publicación (1902). Estas referencias temporales nos vienen dadas por la ficcionalidad (novelización) de hechos documentados en los que intervino el joven J. Martínez Ruiz: el viaje a Toledo (diciembre de 1900), visita a la tumba de Larra (febrero de 1901) y el homenaje a Baroja (marzo de 1902); pero en la narración tales hechos carecen de determinantes temporales precisos y además se rompe el orden cronológico de la ficción con la realidad. No se ha buscado la correspondencia entre el tiempo real y el novelado.


Personajes: Del protagonista, Antonio Azorín, nos llegan momentos discontinuos de su vida. Así conocemos a Antonio Azorín en su etapa juvenil, formativa y lo dejamos al cabo de los años en la edad adulta sumisa, casado con Iluminada. Y lo que se nos cuenta son los diversos estados de ánimo de este intelectual sensible y aislado, que se identifica con los hombres de su tiempo. Además en la construcción del personaje se han utilizado rasgos calificados de autobiográficos por parte de J. Martínez Ruiz.

El maestro Yuste moldeará con sus pláticas el espíritu inquieto del joven Antonio. Sus enseñanzas llevan la impronta de numerosas lecturas de Nietzche, Kant, Montaigne y sobre todo de Schopenhauer; en el capítulo III de la primera parte al describir el despacho de Yuste se destacan los tres volúmenes de El mundo como voluntad y representación y cómo las palabras de Yuste transmiten el pesimismo de su lectura.

Contrasta con este filósofo pesimista el padre Lasalde, hombre recto, de recia personalidad, que representa un catolicismo consolador. En él aparecen la nota mística y la filosofía voluntarista.

Las dos figuras femeninas son antitéticas. Frente al misticismo y el espíritu de renuncia de Justina, auspiciada por el padre Puche, el carácter imperioso y autoritario de Iluminada.

También cabe reseñar la presencia de dos personajes secundarios: Quijano y Val, que protagonizan los inventos presuntamente espectaculares que han de secarnos de nuestro atraso histórico. Actúan como símbolo de la mentalidad yeclana-y por consiguiente española- que huye del esfuerzo continuado y se aferra a las ilusiones (al golpe de suerte).


El paisaje:
Dice Yuste: -“Lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje… Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje” (p. 130), esta afirmación del maestro Yuste tiene su interés, ya que en esta ocasión es portavoz de Martínez Ruiz, y además la crítica siempre ha considerado a Azorín como uno de lo mejores cultivadores del paisaje. Carlos Blanco Aguinaga dice:”Es Azorín el mejor y más constante paisajista de la generación”4.

J. Martínez Ruiz como buen impresionista emplea la mancha y la pincelada aislada según la hora del día, con lo que tenemos la luz, que debilita los colores:

“En la lejanía el cielo cobra tonos de verde pálidos. El mediodía llega. La mancha gris de olivos es esclarece; el verde oscuro de los sembrados se torna verde claro” (p.192). Los días grises ofrecen mayor riqueza cromática: “En los días grises, la tierra toma tintes cárdenos, ocres, azulados, rojizos, cenicientos, lívidos” (p.192).

No sólo las sensaciones cromáticas, también las sonoras cobran importancia, así el ruido del amanecer yeclano, que se inicia con el toque de las campanas de las distintas iglesias, como si entraran en diálogo, es una clara expresión de la religiosidad que domina al pueblo. El ruido de las calles y suburbios de Madrid, producido por el tránsito urbano, envuelto en su rutinaria inconsciencia será denigrado. En cambio en el paisaje campestre será el silencio la nota primordial, sólo alterada por los sonidos naturales del viento, del agua, del ladrido de un perro, el trino de un pájaro o una canción lejana: “De cuando en cuando un pájaro trina aleteando voluptuoso en la atmósfera sosegada; cerca una abeja revolotea a un romero, zumbando leve” (p.192). Es un paisaje sentido y que nos hace sentir, muy diferente del frío paisajismo de la generación precedente.

En el capítulo XIV (1ª parte) el maestro Yuste hace una reflexión metaliteraria acerca de la función del paisaje en la literatura moderna. El maestro hace dos comentarios a propósito de las estrategias descriptivas: el primer fragmento analizado pertenece a la novela de Vicente Blasco Ibáñez, Entre naranjos (1900), dice Yuste: “Ante todo la comparación es el más grave de ellos. Comparar es evadir la dificultad (…) (p.130). Y en la descripción de Blasco Ibáñez señala en cursiva el exceso de comparaciones; y sigue reflexionando Yuste:

“(…) a pesar del esfuerzo por expresar el color, no hay nada plástico, tangible…además de que un paisaje es movimiento y ruido, tanto como color, y en esta página el autor sólo se ha preocupado de la pintura… No hay nada plástico en esa página, ninguno de esos destalles sugestivos, suscitadores de todo un estado de conciencia…” (p.131).

Sin embargo esa capacidad para interpretar la emoción del paisaje, la encuentra en un “novelista joven, acaso… y sin acaso, entre toda la gente joven el de más originalidad y el de más honda emoción estética…”; y Yuste lee un fragmento de La casa de Aizgorri (1900) de Pío Baroja, aunque también destaca en cursiva dos prescindibles comparaciones.

Sigue el diálogo metaliterario, y Azorín dice: “(…) en la novela contemporánea hay algo más falso que las descripciones, y son los diálogos. El diálogo es artificiosos, convencional, literario, excesivamente literario” (p.133). Contesta Yuste:

“-Lee La Gitanilla de Cervantes. La Gitanilla es una gitana de unos quince años, que supongo no ha estado en ninguna Universidad (…) Pues bien, observa cómo contesta a su amante cuando éste se declara. Le contesta en un discurso enorme, pulido, filosófico. Y este defecto, esta elocuencia y corrección de los diálogos, insoportables, va desde Cervantes a Galdós…Y en la vida no se habla así; se habla con incoherencias, con pausas, con párrafos breves, incorrectos, naturales. Dista mucho, dista mucho de haber llegado a su perfección la novela” (p.133)

Significación:
Cuatro son “las novelas de 1902” que tienen un carácter renovador: La voluntad, Amor y pedagogía, Camino de perfección de Pío Baroja y Sonata de Otoño de Valle-Inclán. Estas novelas valiéndose de distintos y personales procedimientos narrativos rompen con los moldes del realismo decimonónico. Además estos autores ofrecen aportaciones teóricas sobre el nuevo tipo de novela, así Martínez Ruiz en La Voluntad en el cap. XIV reflexiona sobre la novela: “Ante todo, no debe haber fábula…la vida no tiene fábula: es diversa, multiforme, ondulante, contradictoria”(…) (p.133), afirma Yuste. Igualmente Unamuno en el capítulo XVII de “Niebla” (dialogan Augusto Pérez y Goti, sobre la novela que Goti escribe). “-Pero, ¿te has metido a escribir una novela? -¿Y qué quieres que hiciese? – Y cuál es el argumento, si se puede saber?
-Mi novela no tiene argumento, o, mejor dicho será el que vaya saliendo. El argumento se hace
solo.”5

La Voluntad, pues, constituye un signo de modernidad literaria en las letras españolas del principios del siglo XX. El joven Martínez Ruiz asimila la prosa impresionista europea de los Goncourt, Anatole France y escribe una novela con una forma cambiante y liberada de la esclavitud de la fábula. Su escritura es síntoma de la disolución de los géneros literarios, donde lo subjetivo y lo autobiográfico cobran fuerza. La Voluntad renueva la novela tradicional y servirá de modelo a la novela lírica y a la novela de vanguardia de Gabriel Miró, Gómez de la Serna y Benjamín Jarnés.

Los temas que se tratan en La voluntad son los siguientes: la presencia de la religión y lo eclesiástico desde el prólogo (construcción de la Iglesia Nueva); las enseñanzas del párroco Puche y del Padre Lasalde y la profesión religiosa de Justina.

Otro tema recurrente es la presencia del dolor como mal ineludible que testimonia el P. Lasalde: “Todo es ensueño…vanidad…El hombre se esfuerza vanamente por hacer un paraíso en la tierra…¡Y la tierra es un breve tránsito!...Siempre habrá dolor entre nosotros!” (p.148); y en otro diálogo con Yuste dice Lasalde: “El dolor será siempre inseparable del hombre…Pero el creyente sabrá soportarlo en todos los instantes…Lo que los estoicos llamaban ataraxia, nosotros lo llamamos resignación…” (p.170). También el pesimismo del maestro Yuste contribuye a resaltar la presencia del dolor, así en el capítulo III (1ª parte) dice el narrador: “el maestro extiende ante los ojos del discípulo hórrido cuadro de todas las miserias, de todas las insanias, de todas las cobardías de la humanidad claudicante” (p.72).

La muerte de Justina y de Yuste, el ataúd blanco en Toledo y el paso de los coches fúnebres camino del Cementerio del Este en Madrid, sirven para subrayar la transitoriedad de la vida y la existencia del dolor.

Asimismo dentro de las enseñanzas del maestro Yuste está la crítica de la corrupción administrativa, la inmoralidad de los políticos, la incultura del clero, la estulticia de la burguesía, el abandono del campo y como consecuencia la ruina. Nadie se salva, excepto el pueblo sencillo y humilde aferrado a la tradición. Pueblo que ve Yuste representado en los labradores yeclanos; y más tarde lo verá Antonio Azorín en el labriego de Sonseca (capit. IV, 2ª parte): “¡Era un místico castellano!” (p.206); igualmente Fernando Ossorio había encontrado ese espíritu místico en el ganadero Nicolás Polentinos: “La palabra del ganadero le recordaba el espíritu ascético de los místicos y artistas castellanos”6.

Antonio Azorín, una vez terminado su aprendizaje, podrá comprobar la veracidad de las enseñanzas del maestro. Madrid será el lugar idóneo para darse cuenta de lo que es la política, el periodismo y la literatura. Toledo le ofrece un buen ejemplo de lo que ha llegado a ser el clero: “No hay hoy en España ningún obispo inteligente” (p.207).

Yecla (trasunto de la España del interior) representa la ruina y la usura por los problemas de la depreciación del vino, con lo cual los usureros se hacen con las tierras. Pero Yuste, que supo transmitirle conocimientos de actitud honrada ante la vida, no fue capaz de prevenirle contra el hastío y el pesimismo, del que era portador. Este pesimismo se adueña del ánimo de Antonio Azorín y le hará caer en la abulia generacional. En esta situación, carente de voluntad, la única salida que se le ofrece, es la tomada tiempo atrás por el maestro Yuste: dejar Madrid y volver a Yecla. Antonio Azorín, a diferencia del maestro, no sabrá mantenerse en su condición de intelectual. Su mundo de lecturas será sustituido por otro bien significativo: el cuidado del estandarte del Santísimo. Caerá derrotado ante la fuerte voluntad de Iluminada, convirtiéndose en un propietario rural consorte de la España profunda del momento.

En cuanto a la recepción, La voluntad se leyó poco, aunque la crítica no le fue adversa.

Las reseñas de los principales críticos del momento: Bernardo G. Candamo, Zeda (Francisco Fernández Villegas), José Martínez del Portal y Andrenio (Eduardo Gómez Baquero), fueron bastante positivas. Sólo la crítica de Fray Candil (Emilio Bobadilla) le fue adversa. Cuando Azorín publicó la 2ª edición de La voluntad en la editorial Renacimiento en 1913, escribió una nueva página, que insertó al final, titulada, >>Desde la colina<<, porque al releer el libro- cuando ya eran otras las ideas y la técnica del autor- le dio la impresión del “viajero-un poco cansado y entristecido- que desde la lejana colina contempla tras los años, la vieja ciudad en que tantas horas de esperanzas y de tristezas pasaron por él”7.

Hay escritores que han vivido en continuo diálogo con sus obras. En cada nueva edición introducen cambios, realizan supresiones con el fin de mejorar, de depurar la obra. Tal es el caso de Valle-Inclán con las Sonatas. El caso de Azorín es el contrario, corregía la primera edición y trataba de olvidar para seguir con su tarea creativa. Además su criterio era respetar la obra pretérita, esto dice también en >>Desde la colina<<: “respetemos lo realizado en el tiempo; no nos creamos con facultad por dar por no efectuado lo que ha tenido su realización. Respetemos estrictamente nuestra obra pretérita”. (Ibidem).

La 3ª edición es de 1919 y fue editada por R. Caro Raggio, como segundo volumen de las Obras Completas de Azorín y conserva el texto de 1902. La 4ª edición fue publicada por Biblioteca Nueva, Madrid, 1939 y sufre la censura del momento. Las ediciones que siguen a partir de 1940, Obras Selectas, Biblioteca Nueva, 1943 (reimpresa en 1953 y 1963) y la de las Obras Completas, vol. I, Aguilar, Madrid, 1947 (Edición de Ángel Cruz Rueda), así como la edición de La voluntad en el tomo II de Las mejores novelas contemporáneas, Planeta, Barcelona, 1958, a cargo de Joaquín de Entrambasaguas, todas ellas reproducen la 4ª edición censurada.

Por fin la edición de E. Innman Fox (Castalia, Madrid, 1969) reproduce el texto de la edición de 1902, corrigiendo las erratas. Esta edición crítica va precedida de un interesante estudio introductorio.

Posteriormente y con motivo del “Centenario del 98” se han producido dos ediciones en 1997: una en la editorial Biblioteca Nueva, con un prólogo de Antonio Ramos Gascón y la otra a cargo de María Martínez del Portal, en Ediciones Cátedra con un amplio estudio introductorio y notas al pie de página.

También fue editada en Obras escogidas, vol. I, por Espasa-Calpe, Madrid, 1998 y por el diario EL MUNDO: “Las cien mejores novelas en castellano del siglo XX”, Bibliotex, Barcelona, 2001, con un esclarecedor prólogo de Guillermo Carnero.

El centenario de la edición de la novela en 2002, ha propiciado la traducción de La voluntad al italiano: La voluntà por Lia Ogno y editado en “Le Lettere”, dentro de la colección Piccola Biblioteca Hispánica, dirigida por Francisco José Martín. Y este mismo año se publica la edición facsímil de la 1ª edición por la Caja de Ahorros del Mediterráneo, Murcia, como también hizo con Camino de perfección, en 2002.

Por último la Biblioteca de Castro, ha publicado La voluntad, dentro del tomo Novelas I de Azorín (Diario de un enfermo, La voluntad, Antonio Azorín) a cargo de Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, 2011.

Cuarenta años después de publicada La voluntad en 1942, Azorín contestó a unas preguntas, que le formuló Víctor Arlanza en El Español, Madrid, 19.XII.1942, sobre la realidad de los personajes, y esto dice al respecto:

“De todo hay. Antonio Azorín, naturalmente, soy yo mismo. Lasalde, el Padre Lasalde, existió con ese mismo nombre: un sabio arqueólogo y bibliófilo, colaborador de la Revista Calasancia y profesor mío en el colegio (…) Yuste, sí, el maestro escéptico es un personaje imaginario; su apellido, que por lo demás tiene un valor cesáreo- el retiro en Yuste (Cáceres) de Carlos I-, es un apellido de mi familia. Y en cuanto a Justina, tampoco existió nunca”.

Y en cuanto a la realidad del paisaje, esto responde:

Nosotros escribimos (…) según el procedimiento de Flaubert y de los naturalistas franceses (…) para describir aquel panorama me levanté antes de amanecer tres mañanas seguidas. Además de mi lápiz y mi cuaderno, me acompañaba una lamparita, pues naturalmente no se veía. Y a su luz indecisa iba escribiendo, describiendo los mil matices del paisaje, a medida que iba asomando el sol. En cuanto al paisaje en sí, Yecla es puramente manchego. No lo de Alicante con su gradación de grises.”

Y al preguntarle el periodista si planeó La voluntad como una novela de tesis, Azorín responde:

“De tesis no… De reacción contra el medio. La voluntad se ha hecho, independientemente de mi voluntad y de mi propósito de escribirla, representativa de aquella generación nuestra y aun de un momento de mi evolución personal.

La voluntad es el deseo de voluntad, deseo que a su vez implica una falta”8

Podemos, pues, concluir que en La voluntad se describe el fracaso del joven revolucionario Antonio Azorín, frente a una España hostil y en decadencia. Muestra, también, la lucha interior del protagonista que intenta superar su abulia, pero se siente ahogado por su pesimismo. Esta novela se puede considerar como epítome de toda una minoría intelectual española-La juventud del 98- que intentó transformar la vida social, política y económica criticando a todas las instituciones. Sin embargo como le pasa a Antonio Azorín, fue un grupo incapaz de poner en práctica su rebeldía por falta de energía y decisión.

La historia personal del protagonista puede extrapolarse a la realidad de entonces (el 98), así como la actitud vital de José Martínez Ruiz, que adoptará el apellido de su creación como seudónimo literario en 1903, AZORÍN.

Por otra parte, el título “La Voluntad”, es una pura paradoja, bajo la cual se oculta la novela de la abulia (no-luntad) y del fracaso.

A pesar de todo La Voluntad es una novela que soporta el paso del tiempo y mantiene su vitalidad textual y creativa cumplido el centenario.



Bibliografía:

Alonso Zamora Vicente, >>Una novela de 1902<<, en La voz de la letra, Espasa-Calpe, Madrid, 1958

Azorín (Martínez Ruiz José), La voluntad, Edición de Inman Fox, Clásicos Castalia, Madrid, 1995.

-: Edición de Antonio Ramos Gascón, Biblioteca Nueva, Madrid, 1997

-: Edición de Mª Martínez del Portal, cátedra, Madrid, 1997

-: Edición de Miguel Ángel Lozano Marco, en Novelas I, Biblioteca de Castro, Fundación José Antonio Castro, Madrid, 2011.

Azorín, Madrid, Introducción de José Payá Bernabé,Biblioteca Nueva, 1997

Azorín, Obras Completas I, Edición de Ángel Cruz Rueda, Aguilar, Madrid, 1947

Baroja Pío, Camino de perfección, Caro Raggio Editor, Madrid, 1993

Blanco Aguinaga Carlos, Juventud del 98, Editorial Crítica, Barcelona, 1978

Entrambasaguas, Joaquín de, Las mejores novelas contemporáneas, vol. II, Editorial Planeta, Barcelona, 1963

Laín Entralgo, Pedro, La Generación del 98, Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1975 (8ª edición).

Show Donald, La Generación del 98, Cátedra, Madrid, 1985

Unamuno Miguel de, Niebla, Edición de Armando F. Zubizarreta, Clásicos Castalia, Madrid, 1995.

Madrid, 25 de abril de 2012





















1 . Martínez Ruiz J. Azorín, La voluntad, Edición de Inman Fox, Clásicos Castalia, Madrid, 1989 (5ª edición) pp. 58-59. Todas las citas textuales serán de esta edición señalando la página.

2 .Azorín, Madrid, Introducción de José Payá Bernabé, Ilustraciones de Luis García Ochoa, Biblioteca Nueva, Madrid, 1997, capit. >>Los pupilajes<<. P.42

3 . O. C. p. 166

4 . Blanco Aguinaga, Carlos, Juventud del 98, Editorial Crítica, Barcelona, 1978 ( p.272)

5 . Unamuno Miguel de, Niebla, Edición de Armando F. Zubizarreta, Clásicos Castalia, Madrid, 1995, (p.178)

6 . Baroja Pío, Camino de perfección, Caro Raggio Editor, Madrid, 1993, ( XVII, 120)

7. Azorín, Obras Completas I, Aguilar, Madrid, 1947 (pp.995-996)

8. Entrambasaguas Joaquín de , La mejores novelas contemporáneas, Tomo II, Editorial Planeta, Barcelona, 1963 (pp.650-651)

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