martes, 6 de junio de 2017

ZUMALACÁRREGUI: Análisis, estructutura y significado


 

    LOS EPISODIOS NACIONALES de Pérez Galdós
    GÉNESIS DE LA TERCERA SERIE


               
 

Al final de Un faccioso más y algunos frailes menos, último episodio de la 2ª serie, hace Galdós esta declaración:



Basta ya. Aquí concluye el narrador su tarea, seguro de haberla desempeñado imperfectamente (…). Los años que siguen al 34 están demasiado cerca, nos tocan, nos codean, se familiarizan con nosotros (…). Quédese, pues, aquí este trabajo, sobre cuya última página (…) hago juramento de no abusar de la bondad del público, añadiendo más cuartillas a las diez mil y pico de que constan los Episodios Nacionales. Aquí concluyen definitivamente éstos1.



No obstante, diecinueve años más tarde, en 1898, inicia con Zumalacárregui la 3ª serie de sus interrumpidos episodios, que continuaría con dos series más. Así justifica, Galdós, la continuación de los EE. NN. en las primeras líneas de Zumalacárregui:



Al terminar Un faccioso más y algunos frailes menos, la segunda serie de los Episodios Nacionales, hice juramento de no poner la mano por tercera vez en novelas históricas. ¡Cuán duramente veo ahora que esto de jurar es cosa mala…! (…). A los diez y nueve años, no justos, de aquel juramento, los amigos que me favorecen, público o lectores, (…) me mandan quebrantar el voto, y lo quebranto; me mandan escribir la Tercera Serie de episodios, y la escribo2.



A pesar de estas declaraciones, la mayoría de los estudiosos señalan que fueron razones económicas las que le empujaron a escribir esta Tercera Serie. El mismo Galdós confirma en sus Memorias, que había quedado arruinado con los gastos del juicio con su socio editor, Miguel de la Cámara:



Ved aquí lo más esencial del laudo (que dictó don Gumersindo de Azcárate): En primer lugar me reconocía la total propiedad de mis obras (…). Disuelta la sociedad, el laudo me imponía la obligación de abonar a mi contrario una parte bastante crecida de la liquidación por anticipo que mi socio me había prestado. Por tal concepto yo tenía que pagar a toca teja ochenta y dos mil pesetas.3



Sin embargo no fueron sólo razones económicas las que empujaron a Galdós a escribir esta 3ª serie. Se sumaron, también, a las razones económicas, condiciones ideológicas personales y preocupación patriótica. Hinterhauser, (1962, p. 51), valorando la explicación económica, añade dos razones coadyuvantes: la posición ideológica y las circunstancias históricas, que dieron lugar a la crisis del 98, que ya estaba a las puertas. Y además pretendía en su nueva serie: “disecar la sociedad contemporánea desde un punto de vista histórico, ético y crítico nacional”. José F. Montesinos admite las razones económicas junto a las patrióticas: “una meditación amarga, desesperada, sobre las torpezas, tal vez evitables, pues emanaban del mismo ser español”4.

Galdós abre, pues, la 3ª serie con Zumalacárregui en la primavera de 1898 y a finales de 1900, la cierra con Bodas reales. Parece que don Benito hubiera vuelto a su pujante juventud. Además esta 3ª serie refleja la experiencia de Galdós como novelista, ofreciendo más variedad en cuanto a temas y personajes. Las dos primeras series presentaban un personaje único en torno al cual se desarrollaba la trama novelesca inmersa en el hecho histórico, en cambio en esta tercera serie no puede hablarse de un protagonista único, ya que Fernando Calpena, es protagonista en algún episodio (Mendizábal, De Oñate a La Granja) y en otros ocupa un papel relevante (Luchana, La campaña del Maestrazgo, La estafeta romántica); pero en otros no aparece, como en Zumalacárregui, Vergara o Montes de Oca. Así mismo destacan como protagonistas otros personajes como D. Beltrán de Urdaneta, Santiago Ibero o figuras históricas como Zumalacárregui, Mendizábal, Cabrera o Espartero.

Lo que sí dice, Galdós, en sus Memorias, es que una vez concluido el laudo con su socio y “viéndome dueño de mis obras, resolví establecerme como editor de ellas en el número 132 de la calle Hortaleza, piso bajo” (O. cit., p. 105).



ZUMALACÁRREGUI

 
 
 
 
 
                                                               Portada de la 1ª edición
 
 
 
 
                                                                            
 


Comenzaremos, pues, el estudio de Zumalacárregui citando las fuentes empleadas en su redacción. Don Benito en sus Memorias nos da noticia del viaje que hizo por Navarra y Vascongadas al efecto:



Queriendo documentarme para el estudio de esta figura y de otras, acudí a mi amigo don Juan Vázquez de Mella (…).Amable en extremo don Juan, me dio cartas para visitar diferentes pueblos y personas de Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra. Con las cartas (…) me dirigí a Cegama, Azpeitia, Pamplona, Puente la Reina, Estella, Viana y otras poblaciones que fueron teatro de las guerras civiles. En Cegama visité a don Miguel Zumalacárregui, sobrino carnal del famoso caudillo, que murió en aquella villa el 24 de junio de 1835, al volver malherido del primer sitio de Bilbao. El bondadoso y simpático don Miguel me recibió en su casa (…), mostrándome la estancia en que su tío entregó su alma a Dios. Vi la cama, cubierta con una colcha de damasco amarillo. Completaban el decorado de la alcoba las armas y el retrato del héroe5.



Para el resto de la geografía de Navarra Galdós utiliza el Diccionario geográfico de Pascual Madoz, y no comete errores de relevancia.

A veces un corresponsal le envía datos concretos sobre una villa, como señala Rodolfo Cardona en >>Apostillas a los Episodios Nacionales de Hinterhauser<<, en Anales Galdosianos III, 1968, pp. 119-142, en las que el profesor Cardona aporta un número considerable de materiales desconocidos que arrojan bastante luz sobre la elaboración de los Episodios. En concreto tiene interés el plano de Oñate, que Galdós guardaba entre sus papeles y se lo había enviado don José Mª de Aguirre, seguro un erudito local, que le informó con exhaustividad.

En cuanto a las fuentes históricas utilizadas, Boussagol6señala como fuente casi única, la obra del militar carlista D. José Antonio Zariátegui, titulada, Vida y hechos de don Tomás de Zumalacárregui, Madrid, 1945. Rodolfo Cardona7 señaló también como fuente directa de este episodio, el estudio del militar inglés, Sir Thomas Wisdom, titulado, Zumalacárregui y Cabrera, Madrid, 1890.

En efecto, ambas obras fueron propiedad de Galdós y se conservan en su Casa-Museo de Las Palmas. Además están anotadas en los márgenes por el propio Galdós, y toma pasajes de uno y otro libro, aunque quizás más del de Wisdom. Galdós, lógicamente, tenía que buscar fuentes fidedignas para la base histórica de su Episodio; pero su pretensión no era escribir una nueva biografía del general carlista, sino hacer con la materia histórica una novela. Por lo tanto se vio obligado a desechar gran parte del material y otras veces lo ampliaría, como en el caso del transporte del cañón, “El abuelo”, que Zariátegui le dedica 4 páginas y Galdós 47, con su criatura literaria, José Fago, como protagonista de esta hazaña.

Boussagol (O. cit. p. 257) señala otras fuentes, que aunque no están en la biblioteca personal de Galdós, sí pudo consultarlas y son: Ecos de Navarra o Don Carlos y Zumalacárregui, detalles curiosos de un oficial carlista del Barón de Du Casse, Madrid, 1840; también pudo tener al alcance la Historia militar y política de Zumalacárregui y de los sucesos de la guerra de las provincias del Norte de F. de P. de Madrazo, Madrid, 1844.

Existe otro relato de las campañas militares de Zumalacárregui, de contenido biográfico, obra del capitán inglés C. F. Henningsen8, que combatió al lado de Zumalacárregui y fue publicado en Londres en 1835. Quizá, Galdós, tuvo acceso a esta obra, por algunos detalles, que los otros historiadores no señalan.


     
Comienza el Episodio con la presentación del carismático general carlista, que lucha por unos valores políticos y religiosos tradicionales. Pero ya desde el principio se revela el juicio negativo que el narrador tiene de la hazañas de Zumalacárregui:



Movido de la idea, guiado por su prodigiosa inteligencia y conocimientos del arte guerrero, iba trazando con garra de león, sobre aquel suelo ardiente, un carácter histórico…¡Zumalacárregui, página bella y triste! España la hace suya, así por su hermosura como por su tristeza ( I, 8-9).



También se nos ofrece una referencia espacial y temporal: “Ribera de Navarra, noviembre de 1834”. A partir de aquí va a comenzar la novela itinerante a lo largo de pueblos, valles y montañas de Vascongadas y Navarra.

Se presenta el primer incidente, que por un lado muestra la crueldad del ejército carlista, que va a fusilar a D. Adrián Ulibarri, alcalde de Miranda de Arga, por dar el aviso al ejército cristino que los facciosos habían tomado el pueblo; y por otro, José Fago, capellán del Cuartel Real de Don Carlos, encargado de prestar los últimos auxilios religiosos al infortunado alcalde, que no es otro que el padre de Saloma, joven que vivió amancebada con él antes de ser sacerdote, estado que abraza arrepentido, después de haber sido abandonado por ella. Fago le pide perdón y le revela su identidad. Esta confesión de Fago a Ulibarri suministra los antecedentes necesarios para el arranque novelístico y el folletín romántico correspondiente.

El alcalde sería pasado por la armas y en la mente de Fago se fija la obsesión de buscar a Saloma para redimirla.

Del capítulo III al XVI se presentan numerosos hechos de armas protagonizados por los carlistas y junto a esas acciones militares, vemos por una parte las dudas e indecisiones de Fago y por otra la admiración ilimitada hacia Zumalacárregui, con quien empieza a identificarse íntimamente.

En el asedio de Villafranca, da la primera muestra de su obsesión por la búsqueda de Saloma, porque resultó que la última mujer que bajaban de la torre, se llamaba Saloma, pero se dio cuenta que era otra Saloma.

Rendida Villafranca, se pasó por las armas a los cristinos, que decían:



>>¡Muera Carlos V!...<< Siguió una descarga cerrada (…), después un silencio lúgubre (…) ¡Así se derrochaba el tesoro inmenso de la energía española! ¡Es verdadero milagro que después de tan imprudente despilfarro del caudal por uno y otro bando, todavía quedara mucho y quedará siempre, y quede todavía! (VI, 54-55).



Fago comienza las confidencias con el capellán Ibarburu, a quien había conocido en Oñate, y le dice que desde que vio al General, le entraron unas ganas tremendas de tomar las armas. Prosigue, pues, su obsesión de identificación con el héroe: de ser como él o hacer más que él.

Ante tales propósitos Ibarburu facilita a Fago una entrevista con el General, que le encarga el transporte del cañón, que luego llamarán “El abuelo”, que Fago cumple con diligencia. Más tarde D. Tomás le felicitó por su contribución a la causa. Y en su afán de actuar de doble del General o de estar en su mente, dice para sí: “Ya conozco tu plan: no puede ser otro que la configuración del terreno te señala. Estoy dentro de tu cerebro” (XIV, 130).

Fruto de todo esto, José Fago se alista en el ejército carlista en el 5º de Navarra y se prepara para entrar en combate con los cristinos. Sigue entrando en la mente del General. “Todo lo que yo pienso lo piensa él, pero lo piensa después que yo” (XVI, 146).

En el capítulo XVII se produce el clímax emocional del episodio con la obsesión enfermiza y romántica de Fago: la búsqueda de Saloma. Aquí tiene lugar la metamorfosis de Fago. Se inicia con una escena de pesadilla. Fago se desorienta y cae inconsciente. Cuando despierta es de noche. La noche le envuelve y sus dudas interiores están simbólicamente unidas a la niebla física que le impide ver nada. Encuentra, por fin, un grupo de vendedores ambulantes, entre los que está Saloma, que conoció en Villafranca y es acogido por ellos.

A partir de aquí, Fago se muestra abatido. Se cree un cobarde que se ha engañado a sí mismo. Tiene un sueño simbólico que le indica que la guerra perturbará la paz y el retiro que desea, y parte en busca del cuartel real carlista.

Tiene lugar la entrevista entre Fago y el consejero de Castilla Arespacochaga, donde se pone en evidencia, cómo el político empieza a conspirar contra Zumalacárregui por discrepancias estratégicas y sobre todo por envidia.

Se celebra una conferencia entre el General, Don Carlos, el pretendiente y los ministros (la camarilla), quienes, contra el parecer de Zumalacárregui, deciden la toma de Bilbao, pues la toma de una capital importante, supondría un gran empréstito por unas casas de banca holandesas, para defender la causa y despejar el camino hacia Madrid.

En el capítulo XXIX, Fago cuenta sus andanzas al logrero capellán Ibarburu, su captura y el servicio en el ejército enemigo. La finalidad de todo ello no había sido otra que la de buscar a Saloma Ulibarri. Ibarburu le amonesta y le anima a volver a la vida sacerdotal.

Enterado Zumalacárregui que Fago se había reincorporado al ejército carlista, le llamó a su lado y conversaron. Fago sintió el extraño fenómeno de entrar en el pensamiento del General y le advierte que si es un disparate estratégico tomar Bilbao, que no debe obedecer al Rey, que presente su dimisión. Le pronostica que se acerca el final de su gloriosa carrera: “Vuecencia lo sabe y yo también… el héroe de esta guerra, el restaurador de la Monarquía legítima…no tomará Bilbao…El por qué…él lo sabe… y yo también”(XXIX, 277-278).

Los tres últimos capítulos narran el cerco de Bilbao y la muerte del héroe y su doble. Toda la gente de Bilbao defendía la causa liberal con el mismo ímpetu, que la población rural defendía el absolutismo de D. Carlos. Dice el narrador refiriéndose a la terquedad de unos y de los otros:



¡Qué tiempos, qué hombres! Da dolor ver tanta energía empleada en la guerra de hermanos. Y cuando la raza no se ha extinguido peleando consigo misma es porque no puede extinguirse! (XXX, 280).



Zumalacárregui dirige las operaciones desde el balcón del Santuario de Begoña y es herido en una pierna. Es trasladado por su voluntad a Cegama. Fago se incorpora a la comitiva, aunque sigue pensando en Saloma. Al General lo ve un curandero llamado Petriquillo. Llegan, por fin a Cegama. La gente es optimista, pero Fago presiente que el General va a morir: “Morirá sin duda (…) Yo no dudo (…) Dios me ha enseñado a conocer las oportunidades de la Historia, y cuándo es bueno que ocurra lo malo” (294).
                                                                          


La herida de Zumalacárregui empeora. Los médicos intervienen, pero la pierna está infectada. Recibe los sacramentos, testa y expira el día 24 de junio de 1835. El mismo día, el sacristán de Cegama, que le había dado alojamiento, encuentra a Fago muerto. Y sólo al final nos encontramos con la enigmática Saloma Ulibarri, que es una de las mujeres, que está lavando en el río, cuando pasa el entierro del General:



Unas rezaban, otras seguían con ansiosa mirada el tristísimo cortejo. Digo casi todas, porque una de ellas, la más joven quizás, alta, morena, ojerosa, se mostró insensible y mirando al agua enturbiada por el jabón dijo con cruel entereza. >>Bien muerto está…mandó fusilar a mi padre<< (XXXIII, 311).



ESTRUCTURA NARRATIVA


El contenido narrativo de Zumalacárregui se presenta en 33 capítulos con dos líneas ascendente y descendente, de 16 capítulos cada una, que encuentran su centro en el capítulo XVII, el que contiene el clímax emocional del Episodio con la obsesión enfermiza y romántica de Fago: la búsqueda de Saloma.

La estructura se presenta del siguiente modo: los tres primeros capítulos son presentadores. En el I aparecen los dos personajes, Zumalacárregui y Fago, en relación con D. Adrián Ulibarri, víctima de ambos: del Genera por la leyes de la guerra y de Fago por el amor escandaloso con su hija Saloma; el II y el III desarrollan la obsesión de Fago y las acciones de guerra de Zumalacárregui.

El asedio a Villafranca ocupa los capítulos IV, V y VI. Los capítulos VII, VIII y IX refieren las acciones militares y las confidencias entre Fago e Ibarburu. También se produce una conversación entre Zumalacárregui y Fago, que culmina con el rescate del cañón “El abuelo”, acción que encabalgándose en el capítulo X, ocupa los capítulos XI, XII y XIII.

La noticia de las batallas de Mendaza y Arquijas ocupa los capítulos XIV, XV y XVI, en cuyo final se produce la visión fantasmagórica de Fago, que ocasionará la crisis emocional del capítulo central, el XVII.

Los seis capítulos siguientes. Del XVIII al XXIII (encabalgado con el XXIV) desmenuzan la obsesión de Fago con sus deambulaciones físicas y mentales. En el final del XXV se retoman los temas históricos (Valdés versus Zumalacárregui), que ocupan los capítulos XXVI y XXVII .

Los capítulos XXVIII, XXIX y XXX oscilan entre la crisis desesperada de Fago y las decisiones estratégicas equivocadas del Cuartel Real, agonías paralelas que tendrán un desastroso final: Fago no hallará a Saloma y los carlistas intentan tomar Bilbao, en cuyo asedio cae herido de muerte Zumalacárregui.

Los tres últimos capítulos se centran en las reflexiones de los últimos días del General, de Fago, de la causa carlista y en la muerte de los dos personajes.



EL ESPACIO Y EL TIEMPO

En Zumalacárregui el paisaje tiene un gran protagonismo por el continuo peregrinar de las tropas carlistas por los pueblos vasconavarros.

Los hechos históricos que Galdós va a novelar se produjeron en un marco rural, agreste y montañoso; porque era en el campo donde tenían arraigo las ideas tradicionalistas del absolutismo y no en las ciudades burguesas e industriales.

Así pues, el ejército carlista operará en un medio rural doblemente favorable: por el terreno agreste y montañoso y por la población adicta a la causa.

La acción se desarrolla en un espacio y en un tiempo concretos. El espacio-como se ha dicho- será el paisaje vasconavarro y el tiempo transcurrirá entre noviembre de 1834 y el 24 de junio de 1835.

La acción comienza en la Ribera de Navarra, en noviembre de 1834; pero inmediatamente se hacen referencias al pasado cercano que no aparece en el relato. En el plano histórico se evoca la incorporación de Zumalacárregui a las fuerzas carlistas y su nombramiento como comandante en jefe del ejército carlista del Norte, desplazando a Iturralde.En el plano ficticio tenemos la confesión que Fago hace a D. Adrián Ulibarri, que nos informa de la vida de Fago anterior a ese momento. En la novela aparecen dos vidas- una histórica (Zumalacárregui) y otra ficticia (Fago), de las que se nos darán algunas notas de su pasado, pero lo medular será la vida de los dos personajes, que se desarrolla en sincronía, entre noviembre de 1834 y el 24 de junio de 1835, fecha en que mueren ambos personajes.



EL PUNTO DE VISTA



Un narrador omnisciente en 3ª persona dirige el relato poniendo el foco en José Fago, verdadero protagonista de la mayor parte de las peripecias de la trama.

Pero ese autor-narrador omnisciente no renuncia a dejarse ver, bien a través del narrador o de los personajes, bien haciendo notar su presencia por medio del discurso. Así el narrador introduce su propia visión de los hechos:



Si tenaces eran los habitantes de las villas y anteiglesias en su afecto a Don Carlos, no lo eran menos los bilbaínos en su devoción por Isabel II. Al ardiente arrojo, a la terquedad ciega de los unos, respondían los otros con iguales o mayores demostraciones de confianza y bravura. ¡Qué tiempos, qué hombres! (XXX, 280).

El narrador interrumpe el curso del relato para mostrarnos la causa de su admiración por Zumalacárregui:



Al rey que proclamó, a la idea monárquica pura, pertenecía y ajustando su conducta a un proceder de línea recta, por nada del mundo de ella se desviaba. A esta excelsa cualidad unía otra, la de no tener ambición política, virtud rara en los militares de su tiempo, de uno y otro bando. Realzaba con tan hermosa modestia su figura guerrera, el hijo de Ormáiztegui oscurece a todos sus contemporáneos ilustres y a cuantos en el gobierno de las armas, así cristinos como carlistas, le sucedieron (XVII, 258).



También encontramos el tono amistoso del narrador, rico en expresiones coloquiales: “No pudo aproximarse al lugar donde batían el cobre” (III, 28) o “Por lo demás, un pedazo de pan como carácter” (XI, 98), refiriéndose a Gorria, soldado que ayudó a Fago en el transporte del cañón.

A veces adopta la proximidad de la 1ª persona para destacar el carácter documental del relato: “Gustoso de referir las cosas pequeñas antes que las grandes anticipo este incidente que la Historia apenas cree digno de mención” (I, 9).

Recurso narrativo destacado en este episodio es la presencia de los monólogos- soliloquios los llama Galdós- y surgen de la mente de José Fago, en los momentos cruciales de su peripecia vital y en hora nocturna.

El primer monólogo tiene su raíz en una duda existencial de Fago: “¿Puedo ser a la vez hombre de guerra y hombre consagrado a las espirituales batallas del Evangelio”? (XIII, 121). El segundo de estos monólogos surge en el capítulo XVII, en el clímax emocional del episodio, y expresa el estado de confusión mental de Fago: “¿maté de nuevo a Ulibarri? ¡Estoy en pecado mortal!” XVII, 154-157).

Y por último un recurso paralelo al monólogo, y con la misma función, es el de los diálogos reflexivos entre Fago-Ibarburu, Fago-Arespacochaga y Fago-Zumalacárregui.



LOS PERSONAJES
                                                                 


Zumalacárregui: Para trazar el perfil físico y humano del General, Galdós tomó datos en sus fuentes, y que ese perfil biográfico aparece resaltado por la admiración evidente que siente el liberal Galdós por el caudillo carlista, no cabe ninguna duda.

En el capítulo V se hace la presentación del caudillo, rodeado de dos perros de caza:



Apareció Zumalacárregui, andando con viveza, la boina azul de los comunes muy calada sobre el entrecejo, ceñidos los cordones de la zamarra, botas altas, en la mano un látigo. Le precedían dos perros de caza (V, 43).

Sigue la presentación, ahora se refiere a los rasgos faciales:

El rostro enjuto y tostado, la nariz fina, bien cortada y picuda, el entrecejo melancólico, el bigote negro que enlazaba con las patillas recortadas desde las oreja, el maxilar duro y bien marcado bajo la piel (V,44)

También se alude a su estatura:

Era el General de aventajada estatura y regulares carnes con un hombro más alto que otro. Por esto, y por su ligera inclinación hacia delante, efecto sin duda de un padecimiento renal (v, 43)

Y más abajo ofrece la etopeya:

Tipo melancólico, adusto, cara de sufrimiento y meditación (…) había que oírle expresar sus deseos, siempre en el tono de mandatos indiscutibles, para comprender su temple extraordinario de gobernador de hombres, de amansador de voluntades dentro de férreo puño de la suya (V, 43).



Pero el Zumalacárregui de Galdós no es una mera figura histórica, sino que es el personaje coprotagonista del Episodio. Veamos algunas matizaciones artísticas que añade el narrador a su personaje histórico. En el suceso histórico, cuando D. Carlos llama a su General para que acuda al Cuartel Real y abandone las acciones emprendidas, esto dice el narrador:



Como un jarro de agua fría cayó este aviso sobre la ardiente voluntad del caudillo guipuzcoano, y de malísimo talante se puso en marcha hacia Segura (…) Su miranda penetrante se fijaba con mayor tenacidad en el suelo, y su cuerpo se encorvaba hacia la tierra, cediendo más al peso de las aprensiones y cuidados, que al de las triunfales coronas que su frente ceñía (…)Abrevió el caudillo su visita cuanto pudo, no sólo por la prisa (…), sino porque le asfixiaba la atmósfera, el tufo de camarilla (XVII, 256).



Los últimos días de la vida del General son cuidadosamente tratados por el narrador:

“Nunca le había visto tan soberanamente investido de la majestad que dan el talento superior y la honradez sin tacha “(XXIX, 276).

Y cuando fue herido en su puesto de mando, nuevamente el narrador realiza su etopeya:



Su mirada era febril, lívido el color del rostro, su tristeza se disimulaba con la animación que quiso dar a sus palabras. Saludó sonriendo: más encorvado aún que de costumbre (…) Vieron bajar a Zumalacárregui por su pie, no más pálido que cuando subió. >>Creo que no es nada<< (XXX, 285-286).



Zumalacárregui, personaje histórico y personaje literario rompe los moldes de lo individual para convertirse en prototipo de un ideal para la causa carlista:



Ya no volverán a verse más en este mundo D. Carlos y Zumalacárregui, representación viva del absolutismo el uno, representación el otro de la formidable fuerza nacional que lo amaba y lo defendía (XXXI, 293).

Galdós ha convertido a D. Carlos y a Zumalacárregui en símbolos. Símbolo el General del héroe romántico, que se esfuerza en vano ante una realidad que lo asfixia y lo destruye; símbolo triste el Rey del servidor de una causa que morirá con su persona:



A las diez y media dejó de existir el gran hombre. Alma y brazo de la Monarquía absoluta, la Causa que por él y con él vivió, con él moría. Aunque el ideal carlista no haya adquirido el santo reposo, enterrado fue con los huesos de Zumalacárregui bajo las losas de la iglesia parroquial de Cegama…Es que algunos muertos descansan y otros no (XXXIII, 308).



José Fago: Sin duda es el protagonista de este Episodio. Fago es la personificación de la dualidad, de la oscilación y de la ambigüedad. Así será, a la vez, reo y juez, militar y sacerdote, cuerdo y loco, valiente y cobarde. Galdós crea otro personaje más, anormal, atormentado de los muchos de su producción literaria.

La vida de José Fago transcurrirá en un continuo vaivén entre la lucidez y la locura. En sus momentos de locura perderá el control de sí mismo y perseguirá fantasmas. En los momentos de lucidez mostrará destacadas dotes como estratega militar, de tal forma que se identifica con el General. A medida que se acerca al final, locura y cordura mezcladas le inclinarán al azar y a un profundo y romántico escepticismo fatalista. Veamos un ejemplo:



Renegaba de la previsión, del método, de todo el fárrago de prescripciones por que se guían los hombres, y comúnmente resultan de menor eficacia que los dictados de la fatalidad (…), vivimos a merced d la naturaleza y de las misteriosas combinaciones del tiempo y del espacio (XXIV, 225).



Fago tiene una obsesión, que lo persigue en sus visiones fantasmagóricas hasta la muerte: su pasado. Su pasado es Saloma o Salomé, la mujer amada, cuya pérdida desespera a nuestro personaje. Y Saloma revive en las circunstancias folletinescas que involucran a Fago como confesor en el fusilamiento de D. Adrián Ulibarri, padre de Saloma. Revive en otro personaje del mismo nombre, Saloma, la baturra, que el autor hace cruzar en el camino de Fago para desesperarlo. Revive en las alusiones de unos campesinos que le dicen que anda de ama de cura.

Saloma, el pasado, será un fantasma a quien Fago perseguirá en vano. Sólo tenemos una noticia cierta en vida del personaje, la que proporciona su prima monja, Isabel Ulibarri, que vive en tierras de Álava.

En su actuación vacilante por nuestro Episodio, Fago tiene dos puntales en los que se apoya: D. Tomás Zumalacárregui y Saloma Ulibarri, o lo que es o mismo la milicia y el amor.

El autor contrapone a los dos protagonistas, Zumalacárregui y Fago, como cara y cruz de una misma moneda. En la primera entrevista entre el General y el sacerdote hay un compás de espera: “Zumalacárregui (…) mirándole fijamente (…) >>Amigos de usted me ha informado de sus aficiones a la guerra. Déjeme usted ser franco y decirle que los curas armados me gustan poco<<” (IX, 81).

El segundo encuentro ya fue más cordial: “¿Qué?- preguntó Zumalacárregui (…) ¿Cree usted que la cosa es difícil, imposible?. –Nada hay imposible (…) Si esto fuera fácil, creo que vuecencia no me lo encargaría a mí. Traeré el cañón” (X, 92).

El próximo encuentro será ambos a caballo, “de silla a silla, poniendo los caballos al paso” (XIV,129), con un Fago orgulloso de la misión cumplida, y un Zumalacárregui que le felicita con urbana frialdad.

Zumalacárregui representa todo lo que Fago admira. El trato con el General había despertado en él un irremediable ardor guerrero y también la convicción de las cualidades para desarrollarlo con éxito: “Lo ha hecho Zumalacárregui, lo habría hecho yo tan bien como él (…) y si me apuran diré que mejor” (VIII, 73). De tal manera se siente identificado con el General, que se mete en su mente, conoce de antemano sus planes estratégicos, sabe todo lo que va a hacer: “Todo lo que yo pienso lo piensa él, pero lo piensa después que yo” (XVI, 146).

La trama novelesca separa a los dos protagonistas. Mientras Zumalacárregui conquista laureles, Fago se hunde en le marasmo mental, que lo arrastra a situaciones penosas.

La desgracia los volverá a unir, cuando Zumalacárregui tiene que poner sitio a Bilbao, deseó ver a Fago y éste con sincero atrevimiento, propio de un loco, le dice al General todo lo que pensaba, que, a su vez, sería lo que pensaba el caudillo carlista:



Vuecencia esclavo de su deber, obedece órdenes disparatadas del Rey (…) Vuecencia no debe obedecer (…) debe presentar la dimisión resueltamente, y que venga otro a ejecutar los propósitos que concibe el cerebro vacío de los que rodean a nuestro Rey (…) El héroe de esta guerra, el restaurador de la monarquía legítima no tomará Bilbao…El por qué…él lo sabe…y yo también (XXIX, 277-278).



Tras la herida fatal Fago ya no va a abandonar a Zumalacárregui. El General no mejora y Fago tiene fiebres nerviosas. Tiene lugar una última entrevista en la que Fago le habla de la inutilidad de la guerra, pero el General no contesta, tan sólo le hace una reflexión: “Yo le alabo a usted (…) el gusto de preferir la religión a la guerra (…) Siempre me pareció usted de superior entendimiento, apto para todo” (XXXII, 303).

Al día siguiente mueren ambos: el General con los auxilios religiosos y con honores; Fago sin compañía y sin los auxilios religiosos; recibió incluso tirones de orejas y estrujones en los brazos para comprobar que estaba muerto.

Pero no sólo han muerto José Fago y Zumalacárregui; sino que ha muerto el carlismo. ¿Por qué? Pues por la incompetencia, obcecación y fanatismo de sus dirigentes (la camarilla real), que ha llevado a Zumalacárregui al sacrificio, y por otro lado Fago representa la falta de lógica y de ideas de la causa carlista.

Galdós quiso proyectar en José Fago el símbolo del carlismo que, iniciado en buenos principios, erraba equivocadamente el camino. Ha perdido, por un error personal, a su amada (España) para perseguirla luego de una manera febril e inapropiada. El estado eclesiástico en que se ampara Fago, contribuye a hacer de él un lunático, un atormentado perseguidor de quimeras inalcanzables.

Tiene momentos lúcidos en que promete victorias (a la sombra de Zumalacárregui, como el carlismo conoció); pero su inestabilidad personal, fomentada por sus malos consejeros, acabará haciéndole sucumbir. Y muere cerca de Saloma, a quien su ofuscación personal le ha impedido ver.

José F. Montesinos, refiriéndose a José Fago proyecta su simbología más allá del carlismo, tesis que apoya Avalle Arce.9



Él (José Fago) simboliza esa humanidad torturada por mil agentes, el más cruel, la propia condición, que vemos debatirse dolorosamente (…) por la vorágine de una guerra que detestan y a la que no saben hurtarse, soñadora de grandezas pasadas, que intenta escapar de sus limitaciones persiguiendo a un fantasma de su pasado, como Fago a Saloma, ideal que representa la esperanza de la reconciliación personal y nacional.



Saloma: El otro puntal en que se apoya José Fago es Saloma Ulibarri, que representa su pasado borrascoso y alimenta una adolorida pasión amorosa. La relación Fago-Saloma, vivida sólo en el recuerdo del protagonista, pues de ella solo tenemos la referencia de su prima Pilar Ulibarri, la monja, que nos dice que vive en tierras de Álava, pero nada más.

Pero, ¿esta relación Fago-Saloma la podemos encuadrar dentro del folletín romántico?10

Veamos los caracteres folletinescos d la trama amorosa Saloma-Fago:

a) La presentación de situaciones de doble sentido sobre la conducta de la actual Saloma, que anda de ama con un misterioso cura.

b) El motivo de las personas extraviadas con anhelada búsqueda por parte del otro personaje. Fago busca a Saloma con obsesión y no la encuentra.

c) El protagonista desequilibrado, loco, desquiciado concuerda bien con la anormalidad de Fago.

Dos momentos de la trama son una muestra fehaciente del folletín romántico en Zumalacárregui. El primer momento corresponde a episodio de la muerte de D. Adrián Ulibarri, en el que se dan dos casualidades: el padre de Saloma y el confesor de oficio es el raptor de su hija. El segundo se halla entre los capítulos XVI y XVII, que representan el clímax del desquiciamiento de Fago: la aparición mágica, visionaria de Ulibarri en el campo de batalla.

Sin embargo, la verdadera Saloma o Salomé, para cerrar el folletín, aparece al final del relato, es una de las mujeres que lavan en el río, y fiel al ideario liberal de su padre, dijo: “Bien muerto está…Mandó fusilar a mi padre”.

Hay otros personajes secundarios que completan la trama del episodio. Empezaremos por la figura del pretendiente, D. Carlos Mª Isidro, que aparece muy poco y apenas merece algunos comentarios entre irónicos y burlones del narrador:

                                                                          

En la Sala Capitular, rodeado de frailes, estaba el Rey como menos ceremonia y tiesura de la que al absolutismo podía corresponder, y a todos los que entraban y le hacían alguna reverencia les agraciaba con una sonrisa bonachona, en la cual era más fácil distinguir al pretendiente que al soberano (VII, 61-62)



La visión negativa del carlismo se expresa, sobre todo, a través de los personajes de la camarilla, que rodea a D. Carlos, que son los culpables de conducir al sacrificio a Zumalacárregui; esto dice Fago en conversación Ibarburu:No se concibe mayor obcecación que la esos consejeros áulicos, que han puesto al caudillo al borde del abismo” (XXX, 282).

Y cuando Zumalacárregui es obligado a interrumpir su brillante campaña, ya a las puertas de Vitoria, para acudir a Segura, también el narrador pronuncia un encendido reproche a la corte carlista tan remisa a reconocer los méritos de su héroe:



No ignoraba (Zumalacárregui) que en la tertulia del Rey y en los corrillos de toda aquella caterva de vagos y aduladores, se iba formando una opinión adversa, regateándole sus méritos y servicios (…) Las victorias (…) se atribuían al valor de las tropas realistas, y al desmayo y falta de fe de las de la Reina (…) seguramente otro general se habría plantado ya en tierra de Castilla, abriendo al Rey legítimo el camino de Madrid (XXVII, 257).



No obstante cuando Zumalacárregui fue herido, la comitiva se detuvo en Durango y fue visitado por el Rey, que le ofreció que se quedara en el Cuartel Real y le curaran sus facultativos, pero Zumalacárregui prefirió el retiro de Cegama junto a sus parientes.

Arespacochaga: Entre la camarilla que rodea al pretendiente destaca por su vaciedad y petulancia el consejero de Castilla D. Fructuoso Arespacochaga y Vidondo. Su figura la retrata con exactitud el narrador:



Era el tal cortesano de D. Carlos persona de muy cortas luces, ambicioso forrado en beato, de ideas comunes y palabras rebuscadas y ampulosas (…) su mirada se esforzaba en ser aguda lo que sólo es privilegio de la inteligencia (…) Usaba en el trato social posecillas, pausas, caídas de ojos, y otros medios auxiliares de expresión que conceptuaba indicadores de pensamientos recónditos: realmente era un juego que respondía a la vaciedad de su inteligencia (XX, 181-182).



Encontramos a esta criatura literaria al lado del Rey, teniendo la honra de concretar la cuestión del consejo; y con la voz autorizada a la hora de decidir las disparatadas cuestiones militares en presencia de Zumalacárregui, en concreto le pregunta: “¿Tiene el General D. Tomás de Zumalacárregui fuerzas para tomar Bilbao?” (XXVIII, 263).

Otra prueba de su vaciedad muestra Arespacochaga, cuando con grandes precauciones, le comunica a Fago que están preparando un Real Decreto, por el cual su Majestad, va a nombrar Generalísima de sus ejércitos a la Purísima Concepción, “para que dé la victoria a las armas que se esgrimen en defensa de la fe de nuestros padres” (XXI, 197).

En Arespacochaga critica, Galdós, la burocracia parasitaria, que existía incluso en una corte trashumante, que se instalaba de pueblo en pueblo, al compás de las tropas carlistas. Don Fructuoso será el prototipo de adulador áulico que contrasta con la nobleza de Zumalacárregui. El consejero se situará entre los detractores del General en la corte, y su bajeza moral se revela en que sea un apasionado defensor de una persona tan falaz como el general González Moreno, que siendo gobernador civil de Málaga atrajo con engaños a Torrijos y a sus compañeros hasta Fuengirola, que se hallaban refugiados en Gibraltar y los pasó por la armas.

Otro oportunista dentro de la caterva de aduladores es el capellán Ceferino Ibarburu con quien conversa Fago a lo largo del episodio. Pero Ibarburu no es un romántico desnortado, como el también capellán José Fago. Los motivos que él tiene para apoyar el carlismo, no son puramente ideológicos, sino que aspira a obtener una mitra, cuando triunfe la causa. Lo mismo le sucedía al resto de la camarilla, éste un ministerio, aquel una embajada, lo que contrasta con la nobleza y altura de miras de Zumalacárregui, y en el ámbito religioso de José Fago.

Saloma, la baturra: Reflejo de la amada de Fago, es el prototipo de la gente del pueblo, buena, generosa y honrada. Sigue al ejército cristino haciendo pequeño comercio en una cuadrilla de parásitos como “la Seda”, amancebada con “Uva” o el tío “Concejil”, liberal también, que había sido parásito de Sarsfield, de Quesada, de Rodil y de Córdova.

Saloma, la baturra, mujer de buenos sentimientos enjuicia negativamente la guerra y la figura del pretendiente:



¿Y por qué no viene el asoluto a ponerse aquí en los sitios donde pegan?¡Ah! mientras sus soldados echaban aquí el alma, él tan tranquilo en Artaza al amor de los tizones (…). El D. Isidro ese, y la Isidra de allá, doña Cristina, debieran ser los primeros en meterse en el fuego… pues no, no veo la equidad. ¡Ay, españoles, que es lo mismo que decir bobos! (XV, 142)



Saloma socorre a Fago, a pesar de ser de distintos bandos, quizá por el paisanaje:



-Y ahora si no quiere que sospechen quédese con nosotros (…) y aquí comerá de lo que haiga. Si no tiene dinero para el gasto, no le importe, que a mí no me falta un duro para los amigos, y más si son de la tierra…Donde yo estoy está Aragón...con que… (XVII, 165).



Y Saloma, la baturra le ayudará de nuevo cuando se encuentre en la cárcel de Estella:



En su desaliento pensó el capellán con seguro juicio que pues no le salían amigos de valía por ninguna parte, era forzoso buscar el arrimo y calor de los seres humildes que se habían acordado de favorecerle en desventura. Mandó recado a Saloma, la baturra para que a verle fuera (XXIV, 229-230).



Otros trazos de gente del pueblo recoge Galdós como Fulgencio Pitillas, fanático carlista, cuyas casas, graneros y ganados le había quemado Espoz y Mina en las campañas realistas del 22 y del 28:



Todo lo perdió por defender una idea; pero no le importaba con tal de ver la idea victoriosa, ¿qué valían unos cuantos carneros y algunos sacos de trigo en comparanza con la religión católica, y del trono legítimo? Dios sobre todo (XIX, 174).



Contrasta con el fanatismo de Fulgencio Pitillas la figura del solitario Simeón Borra, que vivía en una cabaña en el monte Murumendi (capit XII) y es visitado por Fago. Borra es un soldado carlista, que en el año 22, Mina le sorprendió en actos de espionaje y le condenó a muerte, conmutándole la pena por la menos cruel de cortarle las orejas; fruto de lo cual se fue a su casa desengañado y sin ganas de guerrear por ningún bando. Borra condena la guerra en sí, ya sea realista o cristina. Está entregado a la religión y perdona a sus enemigos.

Cuando se despiden Fago le da una limosna (una moneda), que Borra rechaza. El ermitaño desengañado, alienado, sólo se dedica al rezo. Sin duda, Galdós, con este personaje, lanza su alegato antibelicista.

También como personajes meramente episódicos aparecen, casi al final, Fray Cirilo de Pamplona, pariente de la esposa del General, que enterado de la herida del General, acudió al instante para acompañar al héroe a Cegama. Fray Cirilo le propuso al General llamar a un curandero del país, llamado Petriquillo, y no cabe duda que el fanatismo propició que Zumalacárregui y sus parientes tuvieran fe ciega en el curandero Petriquillo.


SIGNIFICACIÓN


Galdós comenzó a escribir Zumalacárregui, cuando se había empezado a revalorizar la valentía y el genio militar del héroe carlista. En cierta medida Zumalacárregui es presentado como una figura positiva y digna de admiración como genio militar con sus luces y sus sombras.

La publicación de Zumalacárregui en la primavera de 1898 se produce cuando ya ha brotado en los lectores el interés por la novela histórica. El año anterior había aparecido la novela de Miguel de Unamuno Paz en la guerra, que tenía por referente histórico las guerras carlistas, concretamente el asedio a Bilbao durante la tercera guerra carlista.

En este ambiente decide Galdós reemprender la redacción de esta 3ª Serie de los EE. NN.

La época histórica que le correspondía narrar era la de la primera guerra carlista, cuando en 1833, a la muerte de Frenando VII, se disputaron la sucesión al trono su hermano Carlos María Isidro y su hija recién nacida, la futura Isabel II, representada, entonces, por la reina regente, Mª Cristina; y todo ello por la derogación de la Ley Sálica, que impedía que las mujeres accedieran al trono, en caso de haber varones con derechos dinásticos (hermanos, sobrinos etc).

Al lado del pretendiente, D. Carlos, se alinearon los sectores más conservadores de la sociedad española, pues el hermano del rey, ya era la cabeza visible de la línea más dura del régimen. Don Carlos fue también el jefe de un ejército paralelo: los Voluntarios Realistas.

Pues bien, en una reunión celebrada el 13 de septiembre de 1832, dominada por el absolutista Tadeo Calomarde, acuerda, ante la sorpresa general, que gobierne Mª Cristina, como regente y Fernando VII firma la habilitación de su mujer como regente. D. Carlos Mª Isidro impugna esta habilitación y así nace el carlismo.

Los liberales, antes perseguidos por Fernando VII, defendieron los derechos de Mª Cristina como regente y los de su hija Isabel.

Y Pérez Galdós va a narrar los inicios de la primera guerra carlista en este Episodio.

En las dos series anteriores (Avalle Arce, 1971)11 había concebido una novela inicial a modo de prólogo general de la serie, en la que se perfilaban los personajes, el plan general de la intriga, los temas y la ideología. Así sucede en Trafalgar y mucho más exagerado el plan en El equipaje del rey José (prólogo de la 2ª serie).

En cambio Zumalacárregui es un episodio aislado, con la muerte de Zumalacárregui y Fago se liquida la carpintería novelística construida para el inicio de la 3ª serie. Apenas quedan cabos sueltos que unir con los otros episodios de la serie; pues Saloma Ulibarri reaparece en Luchana y otros episodios de la 4ª serie, pero con presencia real. Y la Saloma de Fago no está en la acción, sino en la mente del capellán. Sólo aparece al final de la novela para dejar constancia de la crueldad del general carlista.

Galdós, crea un episodio cerrado en sí mismo, con lo que la inmanencia del relato novelesco se corresponde con el fatal aislamiento del caudillo. Nada o casi nada pervive de Zumalacárregui en la 3ª serie; así como nada pervivió de D. Tomás de Zumalacárregui en la guerra de los Siete años.

La estructura y el argumento de Zumalacárregui tienen principio y fin en sí mismos. La figura del caudillo carlista y la de su paralelo en la ficción, cierran con sus muertes las últimas páginas del Episodio. Sin embargo actúa a modo de prólogo, al menos en cuanto a los temas que subyacen en toda la serie: la crueldad inútil del conflicto civil, las anacrónicas ataduras de carlismo con su camarilla clerical, el heroísmo callado del hombre del pueblo, primera víctima inocente de la contienda; y junto a ello el folletín y los ingredientes románticos convertirán a este primer episodio en el pórtico de la 3ª Serie.

Zumalacárregui, por otra parte, fuerza a Galdós a escribir una novela rural, que es el escenario del héroe carlista. Y Galdós se siente incómodo al recrear estos espacios naturales, que algunos ni siquiera había visitado.

El ambiente urbano y la clase media son los fuertes indiscutidos, donde el autor se movía con comodidad; pero al campo se asomó a regañadientes y cuando lo hacía se apoyaba en fuentes librescas. Así cuando en la “Novelas Contemporáneas”se acerca a lo rural (Nazarín y Halma, de 1895), las sitúa en La Mancha y sigue las huellas de Don Quijote.

Pero el país vasconavarro de la guerra carlista, Galdós no lo conoce, y tampoco había modelos literarios a seguir en su época para las descripciones del paisaje. Por eso se esmera en la documentación topográfica y utiliza también la documentación que le envían los corresponsales vascos.

Galdós, como buen liberal, es totalmente contrario al carlismo. Por lo tanto no podemos hablar de imparcialidad en la visión de la historia de la época. Joaquín Casalduero dice que aunque el canario a veces sea imparcial, ello “no quiere decir que sea neutral. Ni por un momento deja de mostrar sus ideas a favor de un régimen de libertad y democracia, aunque tampoco disimula, -y este es su dolor- que el gobierno cristino apenas puede diferenciarse del partido carlista”12.

El autor en todo momento muestra su aversión ante el conflicto bélico, pero sobre todo ante una guerra civil. Lanza una mirada piadosa al sufrido pueblo de España, personificado en la gente sencilla, que, como cuadrillas adventicias o como campesinos enfervorizados, se mueven entre los dos bandos en lucha. Y nos da una visión dolorida del hombre español que no acaba de encontrarse a sí mismo, con simbólica presencia en José Fago.

La primera huella antibélica la encontramos al comentar el narrador la sentencia a muerte de D. Adrán Ulibarri: “tales justicias, que dentro del convencionalismo militar así se nombran” (I, 9).

Pero el alegato más antibélico surge de los labios de Simeón Borra, el ermitaño desorejado, que huyendo de la barbarie se ha refugiado en la ladera del monte Murumendi:

>>Yo les digo que la guerra es pecado, el pecado mayor que se puede cometer y que el lugar más terrible de los infiernos está señalado para los armeros que fabrican fusiles (…). El que guerrea se condena, y no vale decir que se guerrea por la religión<<. (XII, 113-114).



Y si cualquier enfrentamiento bélico era repugnante para Galdós, la guerra carlista que se evoca en Zumalacárregui, no puede ser más odiosa, porque se trata de una guerra civil y por ello fratricida, brutal y feroz.

Más textos nos proporciona el narrador de carácter antibelicista, esto dice del General:



En tan breve tiempo crece y se complementa una figura militar, que sería muy grande si no la hubiera criado a sus pechos la odiosa guerra civil (XXVIII, 260)

¡qué tiempos! ¡qué hombres! Da dolor tanta energía empleada en la guerra de humanos. Y cuando la raza no se ha extinguido peleando consigo misma es que no puede extinguirse (XXIX, 280).



Habla Fago interpretando la voz del pueblo:

La guerra, digo yo, deben hacerla en primera línea aquellos a quienes directamente interesa. Verdad que si tuvieran que hacerla ellos, quizás no habría guerras (XXXII, 302).



Galdós parece darnos un resumen de la 1ª guerra carlista y separa muy bien el carácter del protagonista, su grandeza personal y militar, del resto del carlismo, es decir la corte de aduladores del pretendiente. El final del episodio parece aleccionador: el héroe herido abandona la guerra y se va al reposo de Cegama a morir con los suyos. Parece como si desentendiese de la contienda.

Sin embargo, Galdós no muestra simpatía alguna por la causa carlista. Pero el retrato del caudillo carlista es casi una exaltación; aunque intenta separar al personaje Zumalacárregui de la idea del carlismo.

Lo mismo sucede con el héroe de la ficción, el atormentado Fago, que también se diferencia de los otros clérigos facciosos tanto como Zumalacárregui de los otros generales carlistas.

El encendido responso final que entona Galdós por Zumalacárregui, lo podemos interpretar como la muerte del carlismo. Sería, pues, un réquiem por el hombre y por la causa. Aunque este final, lamentablemente, no coincide con la verdad histórica.



BIBLIOGRAFÍA:



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  • Memorias de un desmemoriado, Visor Libros/Comunidad de Madrid, 2004
  • Un faccioso más y algunos frailes menos, Alianza Editorial, Madrid, 2005.









1 . Pérez Galdós, Benito, Un faccioso más y algunos frailes menos, Alianza Editorial, Madrid, 2005. pp. 242-243

2 . Pérez Galdós, Benito, Zumalacárregui, Establecimiento Tipográfico de la VIUDA E HIJOS DE TELLO, C) San Francisco, 4, Madrid, 1900, 2000 ejemplares. Todas las citas textuales serán de esta edición, indicando el capítulo y la página, p. 5

3 . OP. Cit. Memorias de un desmemoriado, p. 104

4 . Montesinos, José F., Estudios sobre la novela española del siglo XIX. Galdós III, Editorial Castalia, Madrid, 1972, p. 16

5 . Pérez Galdós, Memorias, O. Cit. pp. 105-106

6 . Boussagol, >>Sources et composotion de Zumalacárregui<<, en Bulletin Hispanique, 1924, 241-264.

7 . Cardona Rodolfo, en >>Apostillas a los Episodios Nacionales de B.P.G. de Hans Hinterhauser<<, en Anales Galdosianos III, 1968, pp.119-142

8 . Henningsen, C. F., Zumalacárregui. Campaña de doce meses por las provincias vascongadas y Navarra Espasa-Calpe, Buenos Aires, Argentina, 1947 (2ª edición). Traducción y prólogo de Román Oyarzun (Madrid, 1935)

9 . Montesinos, José F. Galdós, III, Editorial Castalia, Madrid, 1972, p. 24

10 . Arencibia, Yolanda, en el Prólogo de Zumalacárregui de Galdós, Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, 1990 (pp. 38-39)

11 . Avalle Arce, Juan Bautista, >>Zumalacárreegui<< en Cuadernos Hispanoamericanos, nª, 250-252, 1971, p. 359

12 . Casalduero, Joaquín, Vida y obra de Galdós, Editorial Gredos, Madrid, 1974, (p. 139)

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